Luchando contra la mordaza del silencio

RESEÑA SOBRE EL MONARCA DE LAS SOMBRAS,  de JAVIER CERCAS (Literatura Random House)

El monarca de las sombras

Este libro es muchos libros. Por un lado, encontramos un relato de base histórica sobre la figura de Manuel Mena. Por otro, la reflexión sobre si escribir o no ese relato. La lucha contra la mordaza que impone un pasado que de alguna manera se rechaza. La clave: el parentesco entre el autor, Javier Cercas, y el personaje de quien se habla (Manuel Mena). Y la participación de este último en la Guerra Civil desde el bando falangista.

Este libro es muchos libros. Añadamos a lo anterior la reflexión sobre la veracidad de la historia que se transmite. Si tenemos en cuenta que cualquier relato de base histórica arranca de documentos escritos por humanos que pueden equivocarse o manipular lo sucedido, llegamos a la conclusión de que la historia se forma a partir de ciertos errores acumulados y transmitidos. Para ello es importante el recurso de la memoria de quienes vivieron los sucesos (en este caso, la Guerra Civil), y todos sabemos que la memoria falla y a veces hace sus propias selecciones a favor de la supervivencia física y mental.

Pero aún es mucho más. Desde la reflexión sobre qué escribir y cómo, sobre si los temas nos eligen o no, sobre la injusticia de toda guerra, que envuelve en un discurso triunfalista las mentes de los jóvenes que ya no volverán, hasta la meditación sobre el desarraigo del ser humano que debe emigrar de su lugar y de su vida y vivir a la intemperie de otros lugares o de las vidas de otros. Esa indagación, esa óptica a través de la cual el autor se nos muestra y a la vez no se reconoce, es el camino más importante de la obra que tenemos ante nosotros: es una reflexión sobre la muerte y sobre la vida, sobre si hay buena muerte o no, y, sobre todo, una reflexión sobre el silencio impuesto, sobre su mordaza, aquella que nos impide hablar cuando debemos opinar sobre si es mejor llevar una vida larga, de días más o menos iguales, más o menos grises, o si debemos sucumbir al sueño de los héroes y sacrificar nuestra vida en aras de los grandes lemas impuestos por unos cuantos que, en el fondo, siempre acaban por condenarnos al silencio.

Luchando contra la mordaza del silencio

De entropías y otros animales

Cuando a menudo te preguntan por qué escribes o cómo escribes y todas las cuestiones aledañas al respecto, nadie piensa en algo que es tremendamente necesario: la limpieza interior. Puedes juntar palabras, puedes acumular páginas, pero escribes de verdad (escrivives) cuando olvidas toda meta y anulas cualquier sentimiento de envidia.

Otros “triunfan” cuando tú trazas letras en las nieblas del sueño.

Otros tienen reconocimientos varios cuando tienes que despegar las legañas y abrir bien los párpados.

Para escribir hay que ver. De verdad. Abrir los ojos. A veces, cerrarlos para soñar. A veces desaparecer de ti mismo. Olvidar qué significa ser tú, con todo lo que conlleva: alegrías, desesperanzas, ilusiones, facturas de la luz y bollos resecos para la merienda.

A veces te puedes permitir un chocolate con churros de memoria y recordar los momentos en que eras tú quien “triunfaba”. Cuando la ola baja, tienes que volver a sentarte frente a la página y agarrar bien las armas de creación masiva.

Me gusta decir a mis alumnos, a aquellos que se quieren dedicar a “esta cosa llamada arte“, que no se pueden permitir el lujo de tener porquería emocional. Celos, frustración, pataleos porque les ha llegado un buen momento a otros. No. Radicalmente. Porque eso genera entropía: la pérdida de energía (si se me permite ser algo lega en asuntos científicos) y la consiguiente falta de luz. De lucidez.

A menudo, pues, toca hacer limpieza de porquería emocional. “Abolir el ego”, dirían algunos. Llámese al asunto como se quiera. El arte no existe si es solo expresión del ego, si no comunica nada, si no tiene la intención de hacer este mundo (o cualquier otro mundo) un poco mejor. No hablo de angelismos. A veces es necesario hablar del horror que nos rodea, a veces resulta imprescindible sufrir algo para volver a nuestros días de otra manera. No es algo nuevo: los griegos lo llamaban “catarsis”. Stephen King llamaría a esto “abrir la puerta para enseñar al monstruo”.

Podemos atrevernos a enseñar al monstruo, podemos entrar en la danza macabra de la zona oscura, allí donde viven todo tipo de alimañas: dragones que te devoran si no escribes, gorilas que te atacan si lo haces. Podemos jugar con el límite. Pero si no partimos de la noción de juego, del respeto y la admiración por aquellos que “lo han conseguido”, si no intentamos aprender un poco más cada día (a escribir, a vivir… a escrivivir), nada de lo que hagamos valdrá realmente la pena.

De entropías y otros animales

La “perrificación” del mundo

Reseña sobre La perra de tres patas de la señora Petrovna (Ed. Grijalbo)

La perra de tres patas de la señora Petrovna

Un perro es un ser noble que responde a las caricias sin ningún tipo de filtro: no te guarda rencor, aunque a veces tampoco tiene memoria. Vive en presente. Vive en un tiempo detenido. Cuando lees esta novela, el tiempo se detiene. Está poblada por desaparecidos que no siempre regresan, pero te obliga a hacer las paces con el pasado: solo de esta manera puedes vivir en presente, que es el más actual de los tiempos. El único que de verdad existe.

En La perra de tres patas de la señora Petrovna asistimos al funcionamiento de la maquinaria oxidada de la Rusia postsoviética. Vivimos ese momento en el que el Estado deja de ser el padre para ser un padrastro equívoco. El concepto de protección pasa a ser un vacío, una ausencia, que se llena con la tiranía de la costumbre: las cosas se hacen así porque se hicieron así. Si ya no se hacen así, es necesario tener una nueva orden: esperar para siempre a que las cosas se resuelvan o comprar un atajo (con la propia dignidad, ese dinero apenas inexistente en alguno de los personajes) para que el futuro se acerque de alguna manera. De todas formas, esta es una historia de seres que esperan: por eso está poblada de madres y abuelas, de elementos femeninos que protegen como pueden, que son abandonados, pero que finalmente resuelven las historias que se cuecen.

No os voy a dar avances de una trama que se nos presenta muy clara: los mecanismos de la narración se ponen en marcha cuando Galia Petrovna quiere recuperar a su perra de tres patas porque Mitia El Exterminador la ha enviado a la perrera para su sacrificio. Este libro es esto y mucho más. Es mucho más que argumento: es una historia emocionante, divertida y arriesgada que traza una fina línea de evocación por donde se cuelan los sentimientos más difíciles de verbalizar de los personajes. Esta historia, traducida de manera sublime por Sheila Espinosa, es capaz de generar un doble nivel de realidad según el cual leemos lo que sucede y a la vez lo que no sucede: vivimos en ese escenario sutil en el que los personajes mueven la historia y a la vez nos hacen llegar lo que sienten acerca de los acontecimientos con una fina ironía que a veces desemboca en la sátira más salvaje y más gamberra que se pueda esperar.

La perra de tres patas de la señora Petrovna es una obra liviana y a la vez densa: se lee con suma facilidad, con agrado, con sonrisas, con risas. A veces con un punto de nostalgia. En ella se nos plantean conceptos que deben ser redefinidos: por ejemplo, el concepto de ser ruso. ¿En qué consiste ser ruso ahora que la antigua Unión Soviética ha dejado de existir?

La historia de Boroda, la perra de tres patas, sirve como vehículo a una nivelación por arriba entre humanos y perros: vivimos la perrificación del mundo. Este punto implica que la óptica trata a los humanos con sorna y a veces nos acerca a la visión inocente y sencilla de los perros, que solo buscan cariño y hospitalidad. Lo mismo que los humanos arrojados a un mundo inhóspito, un mundo en el que es necesario definir en qué consisten los tiempos “modernos”, en qué consiste ese nuevo mundo en el que todo está cayéndose. Se nos muestra que es necesario ser humilde para aceptar la ayuda que se nos ofrece. En esta historia no hay héroes: solo seres que se ayudan y se piden favores y también descubren que no son lo que creían ser. Seres que se deshacen de sus traumas para poder vivir el presente.

En el doble nivel de realidad que apuntamos arriba, observamos que bajo una anécdota aparentemente simple se teje la necesaria redefinición de una nueva identidad rusa, que es, en definitiva, humana. A lo largo de las páginas de la novela, Andrea Bennett moldea una cálida y viva materia que sustituye a los antiguos esqueletos de la URSS y nos ofrece una historia de amistad y amor: hacia los animales, entre las personas y entre las personas y los animales.

Pero nada es fácil, claro. La vida aparece como un camino lleno de dificultades y contratiempos que culmina y se sigue bien cuando se deja de mirar hacia atrás y se mira adelante.  En ocasiones los personajes (y la perra Boroda) nos sitúan ante interrogantes clave: ¿hay consuelo cuando se ha perdido todo? ¿Se puede perder más aún?

En este caldo de cultivo, las emociones pujan por subir a la superficie de un suelo helado por el sueño de los años de uniformización. Asistimos a la reivindicación del individuo como ser que puede y debe vivir en comunidad, pero no en una comunidad obligada, sino en la escogida: aquella que dibujan el amor, la amistad y la compañía que elegimos.

Esta es una historia de salvación. También nos acerca al valor de la cultura, que da sentido a la vida, y al valor de las emociones, que dan humanidad a los seres que pueblan la faz de la tierra: sin eso, son pellejos vacíos de rostros cadavéricos.

Por supuesto, es inevitable hablar de la podredumbre que está por debajo de la realidad: todo el mundo tiene suciedades que esconder.  En estas páginas también se nos habla de la hipocresía y de los otros como fraude. La autora traza una historia sobre la bondad que yace en el fondo de todo ser humano, incluso del que pueda parecer más abyecto. Asistimos entonces a una búsqueda de la autenticidad que no es una vuelta al origen, sino un sincerarse y seguir adelante con lo que haya.

Por este camino, La perra de tres patas de la señora Petrovna nos ayuda a vivir en un mundo para el que no se tienen instrucciones. Esta es una historia aparentemente pequeña que sirve para hablar de algo más grande: cómo los seres humanos tienen que aprender a vivir de nuevo cuando cambian las reglas del juego.

La “perrificación” del mundo

Letras al límite

Escribir es un estado fronterizo entre lo que es y lo que no es. A veces, creemos que escribimos sobre lo que no existe y resulta que lo estamos creando en ese mismo momento. A veces nos parece que escribimos sobre lo que existe, y en ese acto estamos contribuyendo a convertirlo en ficción.

Escribir es un acto tenso, un romper barreras, un difuminar bordes, un fundirse. Un deshacerse. Yo me deshago cuando escribo para construirte cuando lees. Tú me deconstruyes cuando me lees y a la vez me das vida. Porque no hay escritura en silencio cuando se trata de interpretar la partitura que vivimos.

Todas las letras que encontráis en este blog son letras al límite: tensas, fronterizas, nacidas de un estado necesario de ver y construir. Sobre todo de construir. Tejer textos construye mundos, aunque sean mínimos. Podemos vivir en las márgenes de un verso. Lo sabéis.

Toda escritura es un salto al vacío entre tú y yo. A partir de este momento, todo es posible. Aquí estamos, tú y yo, nosotros, construyendo un mundo en el acto de tu lectura y mi escritura, ojos y manos cerca, alimentándose de manera indefinida.

Sed bienvenid@s de nuevo.Manos Dibujando

Letras al límite

Teoría narrativa

A veces resulta que desapareces un tiempo y es solo que te has ido a vivir a otro lado de ti misma. Así por aquí.

Me vais a perdonar todos aquellos que en su día dejasteis un comentario en este blog: si no respondí es porque estaba hibernando. No es broma.

No soy un oso, pero sí soy algo anarcoreta: anarquista + anacoreta. Algo simple. De vez en cuando me voy, y no soy Robert Walser. Porque resulta que de vez en cuando una necesita desaparecer para incubar ideas. También la vida.

Somos historia. Somos historias. Necesitamos historias, más que Historia. En mi caso, existe una especie de agujero negro que debo rellenar a diario con historias de todo tipo. Las encuentro en los libros, en el cine, en la calle.

Vivir es aceptar un discurso. Un tema, un argumento, unos personajes. Habitar un tiempo y un espacio. Darse cuenta de lo mucho que cuesta, a veces, ser el protagonista de la propia vida.

Si rastreo mis libretas, esas en las que escribo a diario (sí, a diario, como a diario se entrena un deportista), encuentro rabia amarilla y voces de muertos azules que agonizan, luces de tinieblas y fronteras difusas. También encuentro listas de la compra y listos que intentan comprarnos en nuestro desvivir de a diario.

También encuentro voces de otros que, como yo, luchan por vivir más que por sobrevivir. Procuro ocuparme más que preocuparme, aunque a veces no me sale bien.

Soy humana. Algo frágil. El animal más débil de todo el universo: de este y de todos. Un animal que, como dice Pániker, no es mucho más que un monstruo: alguien capaz de concebir el infinito en un cerebro biológicamente limitado. Algo mística, algo equilibrista entre mi piel y la tuya. Hay que intentar generar una presión perfecta. Ni mucha ni poca. Hay que buscar el equilibrio entre la presión del mundo de fuera y la expansión del mundo de dentro.

Por eso, a veces, cuando mis días se adelgazan porque mis horarios engordan, me someto al silencio público. Escrivivir precisa, a veces, de un reposo necesario. No confundáis este reposo con el silencio: si no estoy aquí, estoy en otro lado, viviendo y soñando mundos (no sé distinguir demasiado entre vivir y soñar), o, para entendernos, escriviviendo.

Gracias por vuestra lectura y por vuestra paciencia.

Teoría narrativa