Solaris o la agonía perpetua

Cuando leemos Solaris, de Stanislav Lem, entramos en un universo en el que el horror y el extrañamiento cobran vida propia. El protagonista, Kelvin, viaja en la cápsula Prometeo y vive su llegada a la estación Solaris de un modo raro (p.11)[1], semejante a una caída en vertical que no ha hecho nada más que empezar.

Al llegar, observa que la dejadez y el desorden reinan en Solaris. Allí constata la presencia de un charco aceitoso, un olor nauseabundo, una maraña de cintas magnetofónicas, de papeles rotos… (p.12). Su encuentro con otro personaje (Snaut) está plagado de indicios que nos llevan a situar la obra en el ámbito del thriller y del terror, además de su claro espectro perteneciente a la ciencia ficción.

El terror como enfermedad que se contagia es un tono continuo en la novela que va a teñir de manera progresiva (junto a la sorpresa y el extrañamiento) la visión del protagonista. La ausencia de explicaciones (a veces por exceso de raciocinio) y la desaparición controvertida de algunos personajes (sería el caso de Gibarian, por ejemplo) trazan un enorme vacío entre los individuos que se va a ir viviendo como el océano de incomprensión que los aísla. Individuos: islas. Seres a-islados por el océano de Solaris.

No perdamos este último concepto. Solaris es, en sí, un planeta de doble sistema solar que está habitado por un océano protoplasmático que se vive como una manifestación de la omnisciencia (p. 33). Este océano se irá revelando como copia metamórfica de sus interioridades, como espejo inclemente de la intimidad humana: refleja y recrea lo que el humano ama y teme, y se comporta como una duplicación de sus entrañas. Los seres humanos están creando a su vez esa realidad que ellos ven como “otra”, que se autorreplica, una autorreferencialidad inabarcable e inconcebible que acaba con la mente expuesta a todos los límites i(ni)maginables. Ellos crean lo que creen. No encuentran respuestas. Cuando creen encontrarlas, no son más que un eco de sus preguntas.

El vacío atemoriza desde siempre al ser humano. En esencia, Solaris es una crónica extraterrestre de la experiencia del vacío. Buscando la exterioridad absoluta (lo absoluto exterior que daría un sentido a su aventura), los individuos solo encuentran divagaciones y elucubraciones que no hacen más que remitir a la propia búsqueda.

Como correlato de los dos soles que dan vida al planeta, en Solaris se nos ofrece la doble cara de lo amable (lo que armoniza con nosotros) y lo que aterroriza (el brutal contrapunto que no hace más que ponernos en contacto con nuestra propia infinitud). El miedo que impone el silencio de lo que nunca existió (p. 86) y la necesidad de espejos en los que reconocerse (p. 88) ante la total indefinición que supone ser humano lleva a la Solarística, al estudio sobre Solaris: esta ciencia se nos presenta como un proceso de autorreferencialidad que confunde más y más a los humanos que la cultivan a través de sus teorías recurrentes y contradictorias.  El polvo de las bibliotecas ha sepultado el repertorio infinito de las suposiciones (p. 131). Parte del núcleo temático de Solaris versa sobre las disquisiciones acerca de lo que es Solaris, que es tanto como decir que habla sobre el concepto de la realidad sabiendo que la realidad no se conoce. La realidad, por lo tanto, es una suposición. Por este camino se llega al concepto variable y discutible de en qué consiste ser humano. El punto de partida es su dudosa libertad (¿Tienes las manos atadas? ¡De eso se trata, de que las tengas atadas!, leemos en la p. 178) y la reflexión sobre la responsabilidad y el inconsciente. Si el inconsciente es incontrolable hace que surjan realidades (y por lo tanto conductas) indeseadas. Una vez más, la realidad es algo que (en realidad) se desconoce porque muere bajo una montaña de hipótesis contradictorias.

¿Qué les diría? ¿La verdad? No, tendría que fingir, mentir, ahora y siempre (p. 180): la limitada capacidad del ser humano para soportar una verdad que no se sabe si existe se proyecta en la autorreferencialidad de las convicciones del individuo. Muy cerca del sol, en Solaris, la verdad de la ausencia de verdad quema. Y los hombres no pueden mirar la verdad a la cara. Se quema la vista, la mirada. Se nubla la visión de un paisaje que es cambiante según los estados internos de sus habitantes.

Por este camino, se elimina el concepto teleológico de la existencia humana. Eliminado esto, reducido el ser humano a un individuo que duda sobre su propia esencia y que se agarra a sus propias imágenes secularmente repetidas, el concepto de lo que es humano pierde todo sentido.

La única evidencia es que no hay nada, que el ser humano lanza preguntas a un cielo (en este caso, un Océano primigenio) que nos envía, no ya el silencio, sino la misma pregunta como respuesta. El hombre autosignificante carece de finalidad. No se reconoce como animal pensante, y tampoco se siente criatura de ningún dios. Es un ente perdido en la inmensidad del espacio vacío, escribiendo palabras y palabras sin referente alguno, preguntas sin respuesta.

El ser humano es agonía perpetua. Por eso busca mitos fundacionales. Es importante la referencia a Afrodita, nacida del Océano: así se conecta la novela con Hesíodo, con su Teogonía. Esa Afrodita es Harey en la novela: diosa del amor, pero también Bariritu, demonio asirio que viene al anochecer, manifestación del mismo planeta Venus, estrella vespertina relacionada con la mesopotámica Ishtar. Solaris es, en el fondo, un mito fundacional, necesario para subsanar la angustia que embarga al ser humano por el mero hecho de serlo, por ser un monstruo que contiene un cerebro limitado en el que puede albergar nociones acerca del infinito. Estamos ante un texto en el que los mitemas básicos (al Amor, la Locura, la Muerte) como experiencias límite llevan a veces a que el individuo se viva como Fausto, como Prometeo, como Ulises, pero también como un apéndice en el camino en el que los grandes sabios (los sabios de Solaris, pero también Einstein y Platón) son solo mojones del progreso (p. 214) que no sirven para entender nada. Así, el amor (aunque sea una quimera) se presenta como la mejor anestesia ante la estupefacción del descubrimiento de que ser humano es un viaje hacia la nada en el que dios (cualquier dios) es una hipótesis no verificable, y la memoria, única posibilidad de identificarse con algo, no es más que un repertorio de ácidos nucleicos grabados en cristales asíncronos macromoleculares (p. 224). Más allá (o más acá) de todo esto, la conciencia humana no deja de ser un milagro cruel.


[1] Stanislav Lem: Solaris. – Editorial Planeta DeAgostini, Barcelona, 2006.

Solaris o la agonía perpetua

Músculos mentales

Según Monsieur Teste, alter ego de Paul Valéry, “si Bach hubiera creído que las esferas le dictaban su música, no hubiera podido tener la fuerza de limpidez y de soberanía de combinaciones que obtuvo”. A nadie se le esconde: la disciplina, el esfuerzo mental prolongado, son la base de una buena “producción neuronal”. Música, pensamiento, literatura… géneros o ámbitos diferentes, pero un mismo origen.

Durante más de cincuenta años, Paul Valéry se levantó muy temprano (entre las cuatro y las cinco de la mañana) para escribir acerca de los temas más diversos. El fruto, sus Cuadernos (1894-1945), publicados por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores. Divididos en no pocas secciones, algunas de nombres esperables (“Arte y Estética”) y otras inesperados (“Soma y Cuerpo-Espíritu-Mundo -CEM-“), los Cuadernos constituyen un verdadero dietario intelectual, a veces árido, a veces sorprendente, pero siempre instructivo en nuestra construcción de “musculatura mental”. Varias flexiones de Ego, de Ego scriptor, de Eros, de Zeta o de Bios y uno se queda como nuevo, listo para escribir y crear esto que nos acontece cada día y que se llama vida. Para muestra un renglón:

Vivo en el más probable de los mundos posibles, no en el mejor.

A veces, su lectura (absolutamente recomendable), puede provocar el efecto secundario de sentirnos unos absolutos zopencos mentales. Pero hay que seguir practicando. Sudando letras. Sentirse un enano junto a la tête de Monsieur Teste es fácil, pero cuando se tenga la sensación de que un huracán (el huracán Valéry, de efecto controlado pero devastador) nos ha arrasado el cerebro, hay que volver a empezar con el ejercicio y recordar que

sólo hace unos diez siglos que fue inventado el cero.

Músculos mentales

Desmemorias de una burra con orejeras

Leo desde que tengo memoria. Aprendí sobre los tres años y desde entonces no he parado. En agosto de este año de pandemia cumpliré cincuenta y seis. No he dejado de leer ni un solo día. Sea lo que sea. Así, cayó todo Shakespeare antes de los doce años, y antes, a los ocho, La tía Tula de Unamuno (mi madre torcía un poco el gesto y se preguntaba si “era buena” para mí). A los siete leí siete veces seguidas Peonía, de Pearl S. Buck. Pero también cayeron por el camino todos los tebeos posibles. Y cómics: El capitán Trueno, Jabato, algo de Batman en algún lugar. Me encantaban Mortadelo y Filemón, la 13 rue del Percebe, Rompetechos… Pero también Carlos Arniches y Enrique Jardiel Poncela, y Bécquer, y ese libro impagable que me regalaron a los trece años: Las mil mejores poesías de la lengua castellana. Con nueve años pedí libros para el Día de Reyes, y fui la feliz lectora de toda la colección de Historias Selección editada por Bruguera. Recuerdo el verano de mis trece años como el que devoré todas las páginas de El señor de los anillos.

La lista es muy larga. Baudelaire y Bukowski me ayudaron a sentirme gamberra, Aleixandre y Neruda a preguntarme si eso del amor sería para tanto y el Ulises de James Joyce, leído a los diecisiete años, hizo que me explotara la cabeza para siempre. T.S. Eliot y sus Cuatro Cuartetos me sirven para meditar (La Tierra baldía y otras muchas obras también me fermentan por dentro), y los Cantos de Ezra Pound me dejan con las neuronas abiertas. e.e. Cummings me guía siempre que veo árboles en esqueleto, siempre que los versos bailan a la luz del frío. A veces, me lleva a volar.

Cortázar me acompaña siempre que quiero escribir cuentos (aunque me leí Rayuela de todas las maneras posibles) y Carpentier me enseñó mucho sobre la vida, sobre la identidad latinoamericana (y humana, en general) y sobre el arte de hacer novelas. Me negué a leer a Borges durante un tiempo porque todo el mundo lo leía y luego caí fascinada a sus pies literarios. Prometo no escribir jamás que “fatigo bibliotecas” (más allá de esta entrada).

Más que bibliófila, soy bibliófaga. Los libros me han salvado y me salvan de muchas cosas. Me aprendí de memoria algunas comedias de Arniches para recitarlas a la hora de comer en una casa en la que sólo había un gato cojo, un pollo que apestaba en el fondo de una cesta de supermercado, una madre demenciada y un hermano que apenas hablaba después de que mi padre se fuera a llevar el coche al taller y nunca más volviera. Una variante tecnológica del ir a por tabaco. Curiosamente, le debo a ese padre ausente mi amor a la lectura y el haber podido tener a mi alcance milagros como El ruido y la furia o El planeta de los simios (convenientemente devorados a los diez y a los nueve años).

La lista sería inmensa. Y crece cada día.

Platón me hechizó desde que empecé a estudiar griego a los dieciséis años. De ahí se derivaron traducciones (algunas escolares, otras no) y las lecturas de teatro clásico grecolatino. La Anábasis de Jenofonte me acompañó durante el verano de mis diecisiete años. También un intento de estudiar arameo e indoeuropeo que no culminó en éxito.

En otro orden de mundos, Stephen King me provocó algunas de mis peores pesadillas con It. Pero también me ayudó a soportar el miedo en la vida real.

La lista, como he dicho, es inmensa. Abarca universos, multiversos.

Con todo este batiburrillo sin orden ni concierto quiero decir que para mí la lectura es desde siempre aquello que forma parte de mi ADN, aquello que me ayuda a respirar. Lo que me orienta, lo que me da una visión de por dónde puedo llevar mis caminos. Me da fuerzas y lucidez, me emociona, y a veces me enoja. A veces también me ayuda a perder de vista el mundo de fuera.

Con estas desmemorias en las que se mezclan algunos títulos y muchas vivencias ofrezco la imagen a la que, en el fondo, me siento más unida: la de una burra con orejeras. Los libros me encaminan y me ayudan a no perderme, a surcar mis días. Me ayudan a seguir adelante (y a veces hacia atrás), a no desfallecer cuando el mundo (como ahora) se hunde o se reinventa, mientras hay muerte y enfermedad y a la vez esperanza de que todo siga de alguna manera. Me enfocan. Sí, son mis orejeras en el sillón de la vida en la que, paso a paso, página a página, me forman, me deforman y me conforman: hacen de mí lo que, en cada momento y de manera fluida y nada aferrada a etiquetas, soy.

Desmemorias de una burra con orejeras

Hace tiempo que no encuentro un lugar

Vuelvo aquí después de mucho tiempo.

Al parecer, no se me puede tener atada al mismo sitio durante mucho tiempo.

Los que en verdad me conocen lo saben: me gusta cambiar de lugar. Desde fuera no se aprecia. Soy una persona discreta que intenta ayudar y no llamar demasiado la atención. Matizo: me gusta cambiar de lugar mental. Entonces, resulta difícil conocerme en este punto. Pero eso da igual: no soy más que una mota invisible en el multiverso.

Llevamos tiempo de confinamiento. El mundo, tal y como lo vivíamos y lo entendíamos, se ha ido al garete. Eso dicen. No sé yo. Creo que lo único que ha cambiado (dejando a un lado la horrorosa cifra de muertes y sufrimiento) es que hemos descubierto de verdad la incertidumbre.

Alguien dijo, en algún lado (hoy tengo el músculo erudito atrofiado), que lo raro es que exista la vida.

Somos una especie de seres temerarios y con suerte que lleva mucho tiempo ocupando un lugar que en realidad no le pertenece.

Cuando todo se hunde, algunos intentan respirar por encima de las aguas turbulentas. Es lógico. Somos humanos.

Otros intentan ayudar. En este sentido, estamos asistiendo al trabajo inmenso de muchos héroes. Algunos no salen en los medios de comunicación y en realidad querrían estar en paz con sus familias. Les debemos, literalmente, nuestras vidas.

Algunos intentan salir en la foto de estos días. Sloterdijk llama, al aparecer en los medios, lookism. Aquí sí me ha funcionado la fibra retórica, perdonadme. Sé que no estamos para exhibiciones. El lookism consiste en “aparecer para los demás” porque es una manera de existir: que los demás te vean. Porque funcionamos como espejos. En esto confieso que me manejo fatal: nunca he tenido el suficiente músculo de las apariencias (¿bíceps o tríceps lookismero? ¿cuádriceps? ¿crural? ¿crunch de las apariencias?) como para aparecer cuando “toca” o todo lo que “toca”. Hay gente que hace esto muy bien. Yo soy una inepta. Pero os quiero igual.

Me siento muy pequeña con tanto dolor en el planeta. Nací con una membrana que me hace resonar el mundo dentro como si fuera un tambor de Nagalore: algo inexistente que cruza los cañones de Navarone y los tambores de Bangalore.

Nagalore es ese no-lugar en el que estoy (y a veces estamos) cuando no estamos. De alguna manera estamos, pero no se nos ve. O no se nos ve apenas. Hace un tiempo dije que no aspiro a la épica, sino a la ética.

Disculpadme, es que soy muy pequeña. Insignificante. Pero llevo en mí el germen de lo que es ser humano, igual que vosotros. Así que os pienso y os siento, pero de lejos. Más allá, más adentro.

Y mientras me preparo para tener el suficiente músculo lookismero crural o crucial, no sé (si es que alguna vez lo tengo), como hace tiempo que no encuentro un lugar desde el que hablaros que no sea mi estricta intimidad de libretas escritas a mano, os siento entre el retumbar de los tambores de Nagalore.

Cuidaos mucho.

Hace tiempo que no encuentro un lugar

Arañas que arañan juntas

Nuestras vidas son los hilos que van a dar en el cooperar, que a veces es el morir. Si cuando tenemos un proyecto en común todos tenemos el mismo objetivo, es fácil llegar a buen puerto. Si no, cualquier esfuerzo está destinado al naufragio. El libro que hoy nos ocupa es una buena obra de consulta por lo que se refiere a la gestión de equipos. El título ya es ilustrativo: Cuando las arañas tejen juntas pueden atar a un león.

Atar a un león es lo último que se te ocurre si quieres sobrevivir. Y más si eres una araña. La posibilidad de salir pateada, aplastada, se eleva hasta niveles estratosféricos.

Cuando las arañas tejen juntas

Siendo humanos, sabemos que lo que importa es la interacción. Todo el entorno actual tiende a deshumanizarnos en la cultura del dato, del metadato, del producto. Sin embargo, y de manera paradójica, si quieres producir más tienes que comunicarte mejor. Si quieres ser el mejor tienes que ser el mejor comunicador. Pero para eso tienes que concebirte como fracaso. Solo si te piensas como fracaso al principio vas a ser un éxito al final. Pero un momento… no quisiera utilizar este vocabulario: fracaso, éxito.

¿Cuál es el verdadero fracaso de un ser humano? No ser humano. Este libro, en el fondo, trata de esto. Su sistema de gestión de equipos (sus múltiples ejemplos, sus buenas “recetas”) nos ayuda a mejorar en muchos aspectos, pero sin lugar a dudas nos ayuda a mejorar en el difícil arte de ser lo que somos. O de llegar a ser lo que somos. En nuestra mejor versión posible.

Si quien lee quiere aprender sobre gestión de equipos, este es un buen lugar para empezar. Si se tiene horror hacia las recetas sobre emprendimiento y se busca un enfoque humanista enraizado en el sentido común, este también es un buen lugar. Cuando se trata de sobrevivir, los pequeños humanos sabemos que tenemos que coordinar nuestros esfuerzos de seres mínimos para convertirnos en gigantes.

Hecho el ser humano, se inventó la travesía por nuevos mundos. Desde estas páginas se nos enseña a emprender la travesía por los océanos de la incertidumbre en compañía de otros seres mínimos como nosotros mismos y a atar al león de nuestras inseguridades. Vamos a por esas nuevas tierras, pues.

Arañas que arañan juntas