HELARTE

Trabajar, se trata de trabajar.

De trabajar siempre.

Después de las Buenas Noticias, trabaja.

Después de las malas, trabaja. El Mundo no se parará si tú te paras. Y tú, en el fondo, tampoco.

Meriendo. Palomitas, da igual. Partituras. Amaneceres, ocasos. Largos sorbos de redención y fracaso.

Tienes una idea brillante pero quizá no tienes tiempo. O tienes tiempo y quizá ninguna maldita neurona que llevarte a la boca. Te duelen las piernas, o el corazón. O el Mundo. O el Invierno de los vivos. El Infierno de los Otros.

No te engañes: el Infierno de los Otros es también tu infierno.

#Helarte: morirte de frío.

Sí, El Arte: morirte de frío en un rincón por dentro mientras por fuera sonríes, supuras energía u optimismo o

El Mejor de los Dramas

servido en Bandeja de Plata.

¿Te duele la vida? ¿Quieres Rebelarte?

Sé Artista. No se nace (o no solo): se fabrica.

Se templa, se troquela, se afina

Se fragua

Se llora y se ríe,

pero sobre todo

SOBRE TODO

SE TRABAJA.

Se suda. Todo Arte bien fabricado, tachonado de estrellas, tiene en su fórmula un 90% de transpiración. El resto, 10% de inspiración. Para entendernos: que las Musas te pillen trabajando. Y si no te pillan, sigue trabajando: algún día correrán a buscarte si perseveras.

Llegados aquí, puedes tirarme a la basura de tus ideas. He parado un momento, he pensado en ti: he pensado que no quería dejarte a solas con todo el Mundo, a riesgo de helarte en un páramo o quizás en un recoveco de tus ideas en las que por casualidad o porque las ventanas siempre están demasiado abiertas, ha entrado el frío un momento a paralizARTE.

 

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HELARTE

Ladrar al mundo

Somos perros. Buenos perros. Cuando nacemos, nos ponen un collar llamado conciencia que nos van apretando a medida que nos transformamos en ciudadanos aparentemente hábiles, lábiles, domesticados y contribuyentes. Se nos anima a destacar, pero no demasiado (no vaya a ser que una postrevolución arranque cabezas sobresalientes); se nos anima a “ser como los demás”, pero no demasiado (tampoco queremos ser clones); se nos anima a brillar, a brillar, a demostrar el talento en este talent show que es la vida… hasta que llegue el candidato siguiente. Hasta que el miembro borde del jurado nos haga morder el polvo. That’s entertainment! Estamos, señoras, señores, en la civilización del espectáculo.

Te cansas a menudo y crees que no sirves para estar en el escenario de la vida. Nunca eres lo suficientemente bueno, y si lo eres, alguien te corta la cabeza (metafóricamente hablando, esperemos). A veces crees que ya está bien o que nada vale la pena demasiado. Y sin embargo… ahí siguen esas ansias tontas de hacer algo glorioso, algo brillante… algo. Aunque no sea ni glorioso ni brillante. Estamos abocados a querer dejar una huella en el mundo, a tener un peso en el mundo. A tener la sensación de que no hemos pasado por aquí para nada.

A veces nos sacan de paseo y nos explican guerras o atentados o atracos o nos dicen que el mundo se va a ir al traste en cualquier momento. Que si el apagón general de Internet (eso fue en el 200, ya sé), que si la glaciación… ah, no… el deshielo de los polos: de acuerdo, no voy a frivolizar sobre esto. Es algo constatado. Pero también lo demás. Y entonces alguien te lanza un palo y pretende que vayas a buscarlo: que vayas a buscar algo que tenías delante de los morros, que te han enseñado, te han obligado a oler y han lanzado lejos de ti. Genial. Tú sales a la desesperada agitando tu hocico al mundo y vas improvisando sobre la marcha de los días: por el camino creces, estudias, te frustras, trabajas, te frustras, sobrevives, te emparejas o no, tienes hijos o no y vas despeñado hacia el final de la carrera: allí donde el palo se transforma en tu propia muerte.

¿Qué haces mientras tanto? Quiero decir… ¿qué haces con tus ilusiones, tus anhelos, tus raptos, tus iras, tus desencuentros? ¿No sirven? ¿Están esperando espectadores para demostrar que con unos cuantos seguidores-palmeros (diez, cien, mil, diez mil…) todos tus días tienen algún tipo de sentido? ¿A cuánto se cotiza el palmo de vida compartida en redes, en grupos sociales (físicos o virtuales) en donde tienes la sensación de valer algo si alguien te mira y te aplaude?

Podría seguir. Aprovecho para aclarar que, por fortuna, tengo este tema personalmente superado. Mi vida es un sinfín de planes B. Y sobrevivo. Y soy feliz. Me reinvento. Este texto va dirigido a toda persona que se sienta identificada de alguna manera con los párrafos anteriores. En especial a mis alumnos: a los que quieran leer, pensar, quejarse.

No nacemos con un manual de instrucciones incorporado. No servimos para nada en concreto porque servimos para todo: igual construimos puentes que hacemos pan o cuadros o sinfonías. Aunque sean sinfonías discordantes de bocinas de coches mañaneros en atasco kilométrico. Nacemos para aspirar las semillas de la eternidad en el viento de los días. Podemos ir en busca del palo, podemos negarnos al amo o hacernos sus amigos. Pero no podemos parar a lamernos las heridas. Lo único que nos deja quietos e impotentes, poco predispuestos a seguir cualquier camino, es parar a lamentarnos, a interrumpir la frase del siguiente segundo. Lo único que no nos ayuda, en esta vida de perros desorientados, es ladrar al mundo: su respuesta va a ser siempre el silencio, o el coro de ladridos de otros perros enfermos por alcanzar un horizonte que siempre se escapa, el muy tozudo, como la maldita zanahoria que nos ponen por delante para que la alcancemos mientras corremos en círculos pensando que a lo mejor algún día, a lo mejor en otro tiempo, vamos a conseguir dejar el collar que nos aprieta y nos ahoga y nos obliga a seguir adelante, en busca de alguien que ya somos.

 

Ladrar al mundo

Nomófobos

Acumulaba libros, números, extractos de cuentas bancarias. Algo en la superficie lo impulsaba a comprar en la serie de anuncios emergentes de su pantalla de ordenador, de su pantalla de móvil, de móvil, de móvil, atraído por los reclamos que proliferaban por los pasillos del metro a varios metros de profundidad de la verdad que se vendía a tanto el gramo de tranquilidad. Por eso encontrarse de vez en cuando con el cara a cara de su trabajo lo llevaba a pensar en lo difícil que es saber cómo se es, en lo difícil que es estar en el mundo de arriba sin dejarse llevar por las mentiras imperantes. En el montón de avisos que le llegaron esa mañana perdida del mes de agosto de 2015 encontró la horma de su zapato. Lo encontró a él. La encontró a ella. Viendo las grabaciones apenas tenía tiempo de asimilar todos los hechos, pero estaba claro que tenía que hacerlo. La mañana avanzaba a plomo en su oficina. El aire acondicionado amenazaba con explotar por sobreutilización. Como todo en este mundo. Llega un momento en que todo se gasta, en que todo se agosta. Como él y sus ilusiones. Como él y sus esperanzas en hacer de este mundo un lugar habitable, un lugar con esperanza más allá de la mentira comercializada desde el estándar del ciudadano medio, domesticado, contribuyente. Pasó por su lado un compañero. Le llamó la atención. Ponte al trabajo y deja el puto móvil. Y así lo hizo. Aparcó por un momento su ansiedad de datos, su sentirse descolocado en el mundo si se desconectaba. Esa angustia, ese ahogo que iba más allá del calor del verano, más allá del calor de lo humano, más allá…
─ Cariño, di tu nombre a la cámara.
─ ¿A qué viene esto? Qué tontería.
Eran ellos. Ella y él.
─ Va, cuqui, di tu nombre…
─ Jo… Alicia…
─ Tu edad.
─ Catorce. ¿Y si te grabo yo?
No way, querida. Cuando tengamos hijos verán este recuerdo. ¿Quieres dejar el Whatsapp y mirar aquí?
─ ¿Nos hacemos un Instagram?
─ Vale. Pero tú.
Al final fue un postureo sin importancia. Él procuró no tocarla. De eso dependía el éxito de todo.
Al otro lado de la ciudad, una mujer de sesenta años llegaba tarde. Bajó a todo correr las escaleras del metro de Plaza Catalunya, línea roja. Eran muchos años de spinning y running como para dejarse torpedear por una simple señal acústica.
─ ¡Señora, corra!
─ ¡Señora, no!
Hizo caso omiso de los gritos, sumergida como estaba en una de sus muchas listas de Spotify, generadas para poder desconectar del resto del mundo. Interpuso el brazo derecho (nervudo, sin joyas) entre las puertas del convoy. El metro arrancó. Se llevó a la mujer a rastras. Su pierna izquierda se trabó entre la máquina y el andén. Se oyó un crujir de huesos, cartílagos, tendones. Cuando el guiñapo humano llegó a la boca del túnel, miles de móviles llegaron a tiempo para retransmitir el estallido del cráneo, la propulsión de sesos, sangre y pequeños huesecillos acompañados por un bajo continuo de gritos de horror y satisfacción. El vídeo se subía de manera simultánea a decenas de canales de Youtube. Los contadores de visitas se disparaban. En décimas de segundo Twitter se llenó de los hashtags #molaelcraneocrush y #craneocrush y la policía se las veía negras para conseguir encontrar un responsable del estropicio causado por un tren sin conductor y una humana sin juicio. Las versiones de los pasajeros pasaban del mola mazo a el horror, el horror.
En el vagón próximo a las vísceras, todos tecleaban incesantemente. Salvo dos personas. Una leía un libro en papel. Otra tenía los ojos desorbitados. Se había dejado el móvil en casa. Iba a un lugar. Había recibido el aviso en el móvil. Mujer, cuarenta años, manos desgastadas por años de lejía y escaleras que debían quedar impecables. Mujer. Hija adolescente desaparecida desde ayer. Hasta que llegó el whatsapp extraño. De ella. De Alicia. No se había conectado desde la una de la madrugada. Por qué no había avisado a la policía no sabía. Demasiado acostumbrada a que su hija desapareciera y luego apareciera como por arte de magia y le dijera, con una sonrisa escéptica y prepotente, que era una madre sobreprotectora y amargada y que se buscara un buen novio. Coral lo intentaba. Coral se rompía cada vez. Con la ausencia del padre. Con la ausencia intermitente de su hija. Era una prevíctima, estaba claro. Estoy seguro de que lo pasó mal. No podía ver lo que estábamos haciendo, mala suerte. Nuestro canal de Youtube recibió millones de visitas. La gente es así. A la gente le gusta el morbo. Esa mezcla de miedo y tal. ¿Me estoy desviando? Claro… pero esa es la gracia de la película. Ya sabe que al público hay que darle lo que quiere…
Salimos a las cinco de la tarde. Habíamos afilado cuchillos, destornilladores, puesto a punto sierras… es difícil que una motosierra te responda bien cuando quieres si no la cuidas bien. Comimos bien. Soy vegano. Bebimos zumo de frutas ecológico. Nada de drogas aquí. El chico nos esperaba con su chica. Era su prueba de iniciación. Nada personal, es que estas cosas son así. ¿No sabe que los humanos somos carroñeros y caníbales? Yo no. Me estoy purificando para pasar al siguiente nivel, ¿sabe? Cogimos a la chica. Tenía catorce años. Nos divertimos un poco con ella. Ya sabe, era virgen. No hay quien se resista a ello. Los destornilladores se ensangrentaron pronto. Gritaba demasiado, así que le cortamos la lengua. Así iba a tener más espacio ahí. Los gruñidos broncos eran fantásticos. Su supuesto novio se acojonó enseguida. Gilipollas. Lo matamos, claro. Al fin y al cabo, iban a denunciarlo por pederasta. Le hicimos un favor al pobre diablo. El creía que se había metido en el business, pero para eso hay que tener otras cosas. Dinero, por ejemplo. Discurso. Un buen Discurso. Saber qué decir, ¿sabe? Eso es importante. La chica nos estaba tocando ya la pera con sus gruñidos. Parecía una cerda, jaja. Le clavé un cuchillo en el cuello. Un cuello blanco y frágil, como el de un pollito. Al fin y al cabo, ella se lo buscó, por liarse con un tío diez años mayor. No sé qué se creía, la muy puta. Que el cerdo ese la quería. Yo tengo una hermana, ¿sabe? Sí, claro que sabe. Si se le ocurriera hacer lo que esta le haría lo mismo. Mi compañero comenzó a clavarle puñaladas en el abdomen, en el útero. Total, no iba a haber hijos ahí. Estaba inservible. Estaba bien atada con cadenas, pero se movía como un demonio. ¿Quieres salir de aquí, verdad? Sus ojos abiertos eran un sí transparente. Le soltamos las muñecas y los tobillos y nos deleitamos con la reacción: las visitas en streaming del canal subieron estrepitosamente. Hicimos encuestas: A, la dejamos ir; B, le cortamos los tendones de Aquiles; C, le damos un helado para ver cómo se le escurre por el tajo abierto del cuello. Mayoría de B. Fue glorioso. Los tobillos se le partieron como los de un pollo descuartizado, solo que ahí había más sangre. No sé qué decir. Creo que me harté de oírla y le metí la mano por el cuello y le arranqué la tráquea. Luego no sé, no me acuerdo bien. La tonta de su madre se había dejado el móvil en su casa y el compañero que la grababa no pudo conseguir mucho material pero sí lo de la mujer que se hizo pedazos al querer coger el metro. La impaciencia es mala, ya se sabe. La madre de la muerte, jaja. Bueno, en postproducción podríamos hacer virguerías si pudiéramos oponer en doble pantalla la visión de la madre y la de la hija. Nos llevó un tiempo rastrearlas y analizar su perfil, pero hoy en día, ya se sabe… tampoco es tan difícil…
Y ahora que le he hecho la declaración, por favor, ¿podría devolverme mi móvil? Me estarán buscando mis padres, se van a preocupar y tengo que contestar mil mensajes que me estarán llegando y… ¿a usted le gusta el golf, sargento?

Nomófobos

La escritora Jimena Tierra conectará a través de aulas virtuales de lectura a personas de todo el mundo – Noroeste Madrid

https://www.noroestemadrid.com/2017/07/la-escritora-jimena-tierra-conectara-a-traves-de-aulas-virtuales-de-lectura-a-personas-de-todo-el-mundo-en-torno-al-espanol/

La escritora Jimena Tierra conectará a través de aulas virtuales de lectura a personas de todo el mundo – Noroeste Madrid

Entrevista especial a Rosario Curiel

JIMENA TIERRA

Rosario Curiel es una de las autoras invitadas a CLIC durante el trimestre de inauguración del Club de Lectura Internacional Caleidoscopio. Curiel es una polifacética amante de las letras que «escrivive» con una carrera literaria de calidad auténtica, que escudriña los rincones del ser humano y de la sociedad desde diferentes géneros como el ensayo, la narrativa o la poesía. En CLIC nos dará a conocer uno de sus interesantes trabajos, Subway Placebo. Para abordar la entrevista, me presento ante un terremoto de ideas y posibilidades, que desborda vitalidad y energía con mirada transparente y sonrisa abierta. Curiel es una anfitriona genuina. Reflexiona acerca de las preguntas que le planteo y responde con naturalidad.

CurielNewJT. Bienvenida al blog literario El invierno de las letras. Antes que nada, me gustaría saber si consideras que las letras están en la estación de invierno y por qué.

RC. Gracias…

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Entrevista especial a Rosario Curiel

Media neurona

A veces, cuando ya llevas sobre los hombros literarios muchas páginas, muchas noches sin dormir lo suficiente, demasiado café para escribir más, un nivel de alegría interna desaforada y no pocas galletas en el estómago, sufres el síndrome de la “media neurona”. No una haciendo eco, sino media. Lo llamo el síndrome de “el azucarero en la nevera”: ese punto en que el cansancio es tal que solo sabes vivir en el mundo de dentro e intentas no darte de bruces contra la realidad “de fuera”. Bien, ya se sabe: hay que descansar, desconectar… Desconectar. Como las máquinas. Sí. Pero no. Soy un ser humano bastante imperfecto, así que no hago mucho caso de las recomendaciones bienintencionadas.

A veces bramo en silencio por un cuarto de hora más durmiendo, mientras me levanto, mareada, con esas ojeras de las seis o las siete de la mañana tras haber dormido cuatro o cinco horas. A veces me digo que debo dormir más. Y es cierto: debo dormir más.

Pero… la escritura manda. No es disciplina, es oxígeno. Ese momento en el que crees que no vas a poder más y escribes, que no vas a ser capaz de hilar frases y escribes, ese estado de semiabotargamiento en el que al final consigues dar con una frase que te enciende el mundo. No: que te incendia el mundo. Y vives para eso. Para ese momento. Para esa chispa que salta y te dice por dentro que ha valido la pena… no, te da igual si ha valido la pena.

La verdad es que no te cuestionas si ha valido la pena. No es un intercambio. No es una ecuación ni una propuesta de comercio. No trapicheas con los sentimientos. Escribes porque no puedes no escribir. Lo dijo alguien, la frase no es tuya, pero hoy es un día de media neurona en el que has navegado entre océanos de cansancio feliz, feliz porque… porque sí. Porque la escritura no necesita justificación. Porque no hay que justificarse para respirar.

Así que hoy me perdonaréis si no estoy brillante o punk o rompedora o rompeolas, pero acabo de meter el azucarero en la nevera y me planteo hacerme una pizza de endecasílabos o algo parecido a una novela con salsa boloñesa. Porque sí, porque me da la gana celebrar que hoy ando escasa de cerebro porque he dormido poco y escrito mucho y corregido, revisado, quitado una coma-puesto una coma. Porque me alegra encontrar en el mundo de fuera personas (sí, las hay) que entienden este estado y que se ríen conmigo cuando les digo que hoy no voy a ser la persona más cabal del mundo, porque ando semidescerebrada con media neurona.

Media neurona