Tránsito

A veces, revisito mis anotaciones de días antiguos. He vencido ya la vergüenza de saberme imperfecta cuando escribo a solas, sin pensar en el espectáculo del lector. De hecho, prefiero escribir como si no me fueran a leer nunca. Así la voz no se imposta. Así seguimos siendo “de verdad”. No hay nada más importante que la sensación de verdad en la vida. Sucede en todos los ámbitos, pero en el arte (que, según Pessoa, era fingimiento de la realidad, por tergiversar algo sus palabras) no hay nada si no hay verdad. O impresión de verdad.

Releo mis libretas que escribo a diario y me encuentro con alguien frágil y a veces fuerte, pero no es esto de lo que quería hablar. En el paisaje de mis pies hace frío, y me resisto a vestirlos más: busco algo de incomodidad a veces a la hora de escribir. El confort absoluto me adormece.

Releo ahora apuntes de un día de difuntos, un día que nombré “Tránsito azul”. La pregunta que surge entre líneas: ¿dónde podríamos irnos de repente? ¿Al “otro lado”, a las antípodas del ser? ¿A las Bahamas de la existencia? Tus padres murieron hace tiempo (pareciera que se pusieron de acuerdo), tienes unas tías longevas que siempre han luchado por sobrevivir (y lo han conseguido), los años pasan volando y tú tienes ya cincuenta y no has dejado de sentirte como esa niña que se prometió a sí misma, un día, ser escritora. En ese momento no sabías en qué consistía exactamente, aparte de escribir. Hoy sabes que “ser” escritor (o escritora, en tu caso), consiste en escribir y que escribir, y aquí viene lo duro, consiste en ir haciéndose preguntas sin garantías de poder contestarlas.

Hoy te preguntas si habrá algo más, aparte de seguir preguntando si habrá algo más. Y está claro que las preguntas son circulares como los faros, como las luces de los faros, que tú buscas a la “yo” que se te había perdido entre la arena de la playa, entre el desierto que mecen las campanas en el Día de Difuntos. Y sabes que no hay más cera que la que arde en este tu futuro entierro, porque la “yo” que vuela, la que observa llorando los cuerpos de los muertos agonizantes en la memoria que los borra sabe que para llegar a la orilla de la tierra en la que se abisman las últimas preguntas hay que haber vivido la ronda de las moscas carroñeras, el cuchillo que te corta el aliento cuando levantas la vista del suelo.

Hace frío. Tengo los pies fríos. Necesito refugiarme en mis libretas. Es suficiente invierno por hoy.

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2 comentarios en “Tránsito

  1. Ignacio J. Dufour García dijo:

    Me encanta este blog tuyo. Me siento un poco menos bicho raro al leer tan bien escrito lo que siento al ponerme a escribir y la sensaciones que surgen al leer antiguos apuntes.

    Me gusta

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