Frontera

Empezó a arrastrarse. Las cigüeñas aplaudieron con sus picos el hervor de la mañana burbujeado en las largas hileras de coches. Apretó sus manos. El conductor se aferraba al volante y la Primavera no tardaría en amanecer. Los ocupantes del escarabajo rojo tramaban chicas y fiestas mientras un pulpo de angustia retorcía su vida agazapada en el maletero. Era preciso retroceder el reloj hasta las primeras horas de la noche en que decidió acercarse a la vieja fábrica en la que celebraban sus rituales iniciáticos. Ahora miraba su placa de policía y sus tatuajes de mara en proceso de borrado, su doble vida durante un tiempo. En el bordado de los días, lejos del vientre que cobijaba la vida que lo situó dentro de la ley, lejos de la traición de sus respetables nuevos amigos, empezó a arrastrarse y a golpear con la cabeza su decepción porque no había dos lados en el límite del orden, sino una frontera difusa que iba a estallar por los aires en cuanto activara los detonadores, una madrugada sucia, una tierra podrida en la que él sería el único gusano.

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