Phenomena

Era dulce el pasar de aquellas horas, hacer cola sentados en el suelo a las puertas del cine Urgell de Barcelona, ir a comprar comida caducada al comercio de los pakistaníes, la cucaracha que vimos en el hotel mientras hacíamos el amor, las múltiples conjunciones de nuestros cuerpos mientras el ascensor subía y bajaba y nosotros subíamos y bajábamos, la sonrisa de los amigos en el recuerdo, el tatuaje de Orfeo en el brazo, el dulce Orfeo, casi emperador romano, casi dios homérico, todos le hacíamos bromas porque era bien raro llamarse así, pero Orfeo era un poeta que bebía en verso como en vaso, un habitado por las musas, un descuartizado por las ménades de su cerebro. Nada de eso sabíamos por entonces, claro, aquel día todo era esperar que llegara Schwarzenegger a decir “I’ll be back”, todo era “hasta la vista, baby”, todo era ir leyendo trozos de la ética de Spinoza mientras nuestras vidas transcurrían por la épica de lo cotidiano: hacer la compra, trabajar, estudiar, limpiar, amarnos, soñar. Pero pronto llegó el momento del parque jurásico, los gritos, los malentendidos, los momentos de ingeniería para almas retorcidas, nosotros alambres, nosotros hierros, yerros constantes, humanos, daba igual que yo le planteara que podíamos ser padres, daba igual que él pensara fríamente en atarme a la barriga de todos los días y a los biberones y a los lloros, daban igual mis llantos a medianoche porque él se iba y se iba y se iba de la casa y de mi vida. Seducidos por el horror, nos atábamos a la última pregunta de nuestros días compartidos, al abismo de aquello que se acababa, a la relación de pareja modélica para muchos, abisal para nosotros. Recuerdo las nubes, el infierno formal de nuestro matrimonio, los ojos de acero de aquel que decía amarme.

A menudo venía a mi mente el rostro de Orfeo, el tatuaje de Orfeo de un laberinto en el que me hubiera gustado perderme, brazo abajo. Él era ácido y retórico; Orfeo, dulce y secreto. Me visita el momento en que nos conocimos para ver dos películas de los noventa, y cuando apareció en pantalla aquello y el actor pronunció “menudo montón de mierda” supe que se refería a mi vida, a mi vida, a mi vida con él, lejos de los cantos de Orfeo, que me iba comentando, paso a paso, por qué los dinosaurios volvían a la Tierra. El corazón antediluviano de mi marido se había convertido de repente en la única ficción que me apresaba, y de pronto todo aquello se hizo real: los centenares de personas cantando “Movierecord” en una ceremonia de celebración de que todo tiempo pasado fue mejor, el respiro, el beso furtivo en el lavabo con Orfeo no sé muy bien por qué.

Luego, con el tiempo, nos enteramos de que cerraban el cine Urgell, aquel en el que nació un sueño, aquella fábrica de sueños a la que iban miles y miles de almas buscando un destino diferente.

Sí, algo ha muerto. Ahora, mientras miro la enorme desproporción de los ojos del que se llama mi amor, mientras bajo mis pies se abren despeñaderos, agujeros, hiatos del ir viviendo, alguien llama y nos dice que Orfeo se ha entregado por fin a todos los versos, que como artista estéticamente a la moda ha decidido sepultar sus sueños bajo toneladas de botellas vacías, un amigo, dice, hicimos cola juntos, nos dice, y entonces yo pongo esa cara agria de mujer resignada, de vida perfecta, de vientre vacío, y siento la picadura de la serpiente del dolor perdido, del dolor de añorar algo que ni siquiera llegó a ser iniciado sino iniciático, y ya se sabe que el cine ha muerto, los dinosaurios han muerto, Orfeo ha muerto y yo soy una estúpida Eurídice que aún cree que se puede salir a pasear por los infiernos.

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