De entropías y otros animales

Cuando a menudo te preguntan por qué escribes o cómo escribes y todas las cuestiones aledañas al respecto, nadie piensa en algo que es tremendamente necesario: la limpieza interior. Puedes juntar palabras, puedes acumular páginas, pero escribes de verdad (escrivives) cuando olvidas toda meta y anulas cualquier sentimiento de envidia.

Otros “triunfan” cuando tú trazas letras en las nieblas del sueño.

Otros tienen reconocimientos varios cuando tienes que despegar las legañas y abrir bien los párpados.

Para escribir hay que ver. De verdad. Abrir los ojos. A veces, cerrarlos para soñar. A veces desaparecer de ti mismo. Olvidar qué significa ser tú, con todo lo que conlleva: alegrías, desesperanzas, ilusiones, facturas de la luz y bollos resecos para la merienda.

A veces te puedes permitir un chocolate con churros de memoria y recordar los momentos en que eras tú quien “triunfaba”. Cuando la ola baja, tienes que volver a sentarte frente a la página y agarrar bien las armas de creación masiva.

Me gusta decir a mis alumnos, a aquellos que se quieren dedicar a “esta cosa llamada arte“, que no se pueden permitir el lujo de tener porquería emocional. Celos, frustración, pataleos porque les ha llegado un buen momento a otros. No. Radicalmente. Porque eso genera entropía: la pérdida de energía (si se me permite ser algo lega en asuntos científicos) y la consiguiente falta de luz. De lucidez.

A menudo, pues, toca hacer limpieza de porquería emocional. “Abolir el ego”, dirían algunos. Llámese al asunto como se quiera. El arte no existe si es solo expresión del ego, si no comunica nada, si no tiene la intención de hacer este mundo (o cualquier otro mundo) un poco mejor. No hablo de angelismos. A veces es necesario hablar del horror que nos rodea, a veces resulta imprescindible sufrir algo para volver a nuestros días de otra manera. No es algo nuevo: los griegos lo llamaban “catarsis”. Stephen King llamaría a esto “abrir la puerta para enseñar al monstruo”.

Podemos atrevernos a enseñar al monstruo, podemos entrar en la danza macabra de la zona oscura, allí donde viven todo tipo de alimañas: dragones que te devoran si no escribes, gorilas que te atacan si lo haces. Podemos jugar con el límite. Pero si no partimos de la noción de juego, del respeto y la admiración por aquellos que “lo han conseguido”, si no intentamos aprender un poco más cada día (a escribir, a vivir… a escrivivir), nada de lo que hagamos valdrá realmente la pena.

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