EL RITMO DE LAS ESTRELLAS

RESEÑA SOBRE CAEN ESTRELLAS FUGACES, de JOSE GIL ROMERO y GORETTI IRISARRI (Suma)

Caen estrellas fugaces

Como la fulguración Carrington, esa tormenta solar que arrasó el cielo de Madrid en septiembre de 1859, aparece esta obra en el firmamento literario. Sabemos que la palabra novela cobija la posibilidad de introducir y mezclar todo tipo de textos y datos: la novela es lo amorfo, el reino de lo posible. Caen estrellas fugaces es un ejemplo vivísimo de ello. Estamos ante un texto que permite muchos niveles de lectura: desde el thriller que acaba rozando lo paranormal y la fantasmagoría, nos adentramos en ocasiones en la novela histórica, la costumbrista y la psicológica; rozamos la crónica política y social, avanzamos por el terreno de lo romántico que se oscurece hasta lo pulp y el terror.

Hay que reconocer a los autores un esfuerzo ímprobo de documentación. El Madrid de 1859 está relatado al milímetro, hasta el punto de que lo vemos, y lo vemos también desde la perspectiva actual. En esta línea, me extraña algún elemento puntual como la aparición de la palabra “astracanada”: en principio, esta palabra no existía en 1859 (nació con la comedia de astracán, a principios del siglo XX). Ese pequeño desenfoque nos da la pista de que se narra el Madrid del XIX, pero desde la visión del XXI. Supongo que es voluntad de los autores, pero a veces distancia ese intento de imitar el estilo decimonónico a la vez que permanece el aire de nuestros días. Este esfuerzo de documentación, que ayuda a ver la época, lastra a veces la historia (o el cruce de historias) hasta el punto de convertirse más en un documental que en una obra de ficción. Sin embargo, y tratándose de una obra híbrida, no me parece razón suficiente para dejar de disfrutarla.

El estudio de personajes no se queda atrás. La aplicación de los principios de la frenología proporciona momentos memorables en la narración. La lucha entre ciencia y pseudociencia, entre creencia y escepticismo, encuentra una batalla memorable (e irresoluta) entre los personajes de Elisa Polifeme y Leónidas Luzón: no me refiero a un enfrentamiento puntual, sino a un diálogo, casi platónico, en el que se van desgranando muchas de las ideas que atravesaban el Madrid de 1859. Por otra parte, el acercamiento a la figura de las mujeres (a su anhelo de libertad, a su soledad y aislamiento), las reflexiones sobre el equilibrio personal como fruto de una enorme lucha interna, nos aproximan a un estadio profundísimo en el que lo humano se nos presenta abierto en canal. Traería aquí muchas citas al respecto, pero baste recordar la visión de La melancolía de Durero que se nos ofrece en más de un momento en la narración: el ser humano es un ángel (¿o un diablo?) al que se le ha olvidado volar.

Cabe hablar, también, sobre la manera de estructurar la trama: siete capítulos articulados en microsecuencias que se entrecruzan coronados por un epílogo trepidante. Una apuesta arriesgada, si se tiene en cuenta que los capítulos resultan excesivamente extensos y que el epílogo ofrece un cierre precipitado que no convence… a no ser que estemos a las puertas de futuras entregas.

Todo lo anterior (y otros muchos aspectos que no vamos a dilatar por aquí) está al servicio de un abanico de temas de gran calado: el doppelgänger, el conflicto de la libertad como sinónimo de soledad, la traición, la rebelión… y el mal. Caen estrellas fugaces resulta ser una profunda meditación acerca del mal y sus consecuencias: la mezquindad del poder y el reino del horror. Aún apuntaríamos la importancia del tema de los excluidos del grupo y de los refugiados: por este camino, el arco temático nos conduce de manera directa  a nuestros días.

Podríamos extendernos más, pero es momento de pasar a la lectura: fluida y amena, nos garantiza la inmersión en un mundo que está vivo y respira, se agita, se retuerce, alarga sus manos de días hacia nosotros desde el pasado y nos conduce a lo largo de este viaje entre el cielo y el infierno al ritmo de las estrellas.

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EL RITMO DE LAS ESTRELLAS

La “perrificación” del mundo

Reseña sobre La perra de tres patas de la señora Petrovna (Ed. Grijalbo)

La perra de tres patas de la señora Petrovna

Un perro es un ser noble que responde a las caricias sin ningún tipo de filtro: no te guarda rencor, aunque a veces tampoco tiene memoria. Vive en presente. Vive en un tiempo detenido. Cuando lees esta novela, el tiempo se detiene. Está poblada por desaparecidos que no siempre regresan, pero te obliga a hacer las paces con el pasado: solo de esta manera puedes vivir en presente, que es el más actual de los tiempos. El único que de verdad existe.

En La perra de tres patas de la señora Petrovna asistimos al funcionamiento de la maquinaria oxidada de la Rusia postsoviética. Vivimos ese momento en el que el Estado deja de ser el padre para ser un padrastro equívoco. El concepto de protección pasa a ser un vacío, una ausencia, que se llena con la tiranía de la costumbre: las cosas se hacen así porque se hicieron así. Si ya no se hacen así, es necesario tener una nueva orden: esperar para siempre a que las cosas se resuelvan o comprar un atajo (con la propia dignidad, ese dinero apenas inexistente en alguno de los personajes) para que el futuro se acerque de alguna manera. De todas formas, esta es una historia de seres que esperan: por eso está poblada de madres y abuelas, de elementos femeninos que protegen como pueden, que son abandonados, pero que finalmente resuelven las historias que se cuecen.

No os voy a dar avances de una trama que se nos presenta muy clara: los mecanismos de la narración se ponen en marcha cuando Galia Petrovna quiere recuperar a su perra de tres patas porque Mitia El Exterminador la ha enviado a la perrera para su sacrificio. Este libro es esto y mucho más. Es mucho más que argumento: es una historia emocionante, divertida y arriesgada que traza una fina línea de evocación por donde se cuelan los sentimientos más difíciles de verbalizar de los personajes. Esta historia, traducida de manera sublime por Sheila Espinosa, es capaz de generar un doble nivel de realidad según el cual leemos lo que sucede y a la vez lo que no sucede: vivimos en ese escenario sutil en el que los personajes mueven la historia y a la vez nos hacen llegar lo que sienten acerca de los acontecimientos con una fina ironía que a veces desemboca en la sátira más salvaje y más gamberra que se pueda esperar.

La perra de tres patas de la señora Petrovna es una obra liviana y a la vez densa: se lee con suma facilidad, con agrado, con sonrisas, con risas. A veces con un punto de nostalgia. En ella se nos plantean conceptos que deben ser redefinidos: por ejemplo, el concepto de ser ruso. ¿En qué consiste ser ruso ahora que la antigua Unión Soviética ha dejado de existir?

La historia de Boroda, la perra de tres patas, sirve como vehículo a una nivelación por arriba entre humanos y perros: vivimos la perrificación del mundo. Este punto implica que la óptica trata a los humanos con sorna y a veces nos acerca a la visión inocente y sencilla de los perros, que solo buscan cariño y hospitalidad. Lo mismo que los humanos arrojados a un mundo inhóspito, un mundo en el que es necesario definir en qué consisten los tiempos “modernos”, en qué consiste ese nuevo mundo en el que todo está cayéndose. Se nos muestra que es necesario ser humilde para aceptar la ayuda que se nos ofrece. En esta historia no hay héroes: solo seres que se ayudan y se piden favores y también descubren que no son lo que creían ser. Seres que se deshacen de sus traumas para poder vivir el presente.

En el doble nivel de realidad que apuntamos arriba, observamos que bajo una anécdota aparentemente simple se teje la necesaria redefinición de una nueva identidad rusa, que es, en definitiva, humana. A lo largo de las páginas de la novela, Andrea Bennett moldea una cálida y viva materia que sustituye a los antiguos esqueletos de la URSS y nos ofrece una historia de amistad y amor: hacia los animales, entre las personas y entre las personas y los animales.

Pero nada es fácil, claro. La vida aparece como un camino lleno de dificultades y contratiempos que culmina y se sigue bien cuando se deja de mirar hacia atrás y se mira adelante.  En ocasiones los personajes (y la perra Boroda) nos sitúan ante interrogantes clave: ¿hay consuelo cuando se ha perdido todo? ¿Se puede perder más aún?

En este caldo de cultivo, las emociones pujan por subir a la superficie de un suelo helado por el sueño de los años de uniformización. Asistimos a la reivindicación del individuo como ser que puede y debe vivir en comunidad, pero no en una comunidad obligada, sino en la escogida: aquella que dibujan el amor, la amistad y la compañía que elegimos.

Esta es una historia de salvación. También nos acerca al valor de la cultura, que da sentido a la vida, y al valor de las emociones, que dan humanidad a los seres que pueblan la faz de la tierra: sin eso, son pellejos vacíos de rostros cadavéricos.

Por supuesto, es inevitable hablar de la podredumbre que está por debajo de la realidad: todo el mundo tiene suciedades que esconder.  En estas páginas también se nos habla de la hipocresía y de los otros como fraude. La autora traza una historia sobre la bondad que yace en el fondo de todo ser humano, incluso del que pueda parecer más abyecto. Asistimos entonces a una búsqueda de la autenticidad que no es una vuelta al origen, sino un sincerarse y seguir adelante con lo que haya.

Por este camino, La perra de tres patas de la señora Petrovna nos ayuda a vivir en un mundo para el que no se tienen instrucciones. Esta es una historia aparentemente pequeña que sirve para hablar de algo más grande: cómo los seres humanos tienen que aprender a vivir de nuevo cuando cambian las reglas del juego.

La “perrificación” del mundo