Nomófobos

Acumulaba libros, números, extractos de cuentas bancarias. Algo en la superficie lo impulsaba a comprar en la serie de anuncios emergentes de su pantalla de ordenador, de su pantalla de móvil, de móvil, de móvil, atraído por los reclamos que proliferaban por los pasillos del metro a varios metros de profundidad de la verdad que se vendía a tanto el gramo de tranquilidad. Por eso encontrarse de vez en cuando con el cara a cara de su trabajo lo llevaba a pensar en lo difícil que es saber cómo se es, en lo difícil que es estar en el mundo de arriba sin dejarse llevar por las mentiras imperantes. En el montón de avisos que le llegaron esa mañana perdida del mes de agosto de 2015 encontró la horma de su zapato. Lo encontró a él. La encontró a ella. Viendo las grabaciones apenas tenía tiempo de asimilar todos los hechos, pero estaba claro que tenía que hacerlo. La mañana avanzaba a plomo en su oficina. El aire acondicionado amenazaba con explotar por sobreutilización. Como todo en este mundo. Llega un momento en que todo se gasta, en que todo se agosta. Como él y sus ilusiones. Como él y sus esperanzas en hacer de este mundo un lugar habitable, un lugar con esperanza más allá de la mentira comercializada desde el estándar del ciudadano medio, domesticado, contribuyente. Pasó por su lado un compañero. Le llamó la atención. Ponte al trabajo y deja el puto móvil. Y así lo hizo. Aparcó por un momento su ansiedad de datos, su sentirse descolocado en el mundo si se desconectaba. Esa angustia, ese ahogo que iba más allá del calor del verano, más allá del calor de lo humano, más allá…
─ Cariño, di tu nombre a la cámara.
─ ¿A qué viene esto? Qué tontería.
Eran ellos. Ella y él.
─ Va, cuqui, di tu nombre…
─ Jo… Alicia…
─ Tu edad.
─ Catorce. ¿Y si te grabo yo?
No way, querida. Cuando tengamos hijos verán este recuerdo. ¿Quieres dejar el Whatsapp y mirar aquí?
─ ¿Nos hacemos un Instagram?
─ Vale. Pero tú.
Al final fue un postureo sin importancia. Él procuró no tocarla. De eso dependía el éxito de todo.
Al otro lado de la ciudad, una mujer de sesenta años llegaba tarde. Bajó a todo correr las escaleras del metro de Plaza Catalunya, línea roja. Eran muchos años de spinning y running como para dejarse torpedear por una simple señal acústica.
─ ¡Señora, corra!
─ ¡Señora, no!
Hizo caso omiso de los gritos, sumergida como estaba en una de sus muchas listas de Spotify, generadas para poder desconectar del resto del mundo. Interpuso el brazo derecho (nervudo, sin joyas) entre las puertas del convoy. El metro arrancó. Se llevó a la mujer a rastras. Su pierna izquierda se trabó entre la máquina y el andén. Se oyó un crujir de huesos, cartílagos, tendones. Cuando el guiñapo humano llegó a la boca del túnel, miles de móviles llegaron a tiempo para retransmitir el estallido del cráneo, la propulsión de sesos, sangre y pequeños huesecillos acompañados por un bajo continuo de gritos de horror y satisfacción. El vídeo se subía de manera simultánea a decenas de canales de Youtube. Los contadores de visitas se disparaban. En décimas de segundo Twitter se llenó de los hashtags #molaelcraneocrush y #craneocrush y la policía se las veía negras para conseguir encontrar un responsable del estropicio causado por un tren sin conductor y una humana sin juicio. Las versiones de los pasajeros pasaban del mola mazo a el horror, el horror.
En el vagón próximo a las vísceras, todos tecleaban incesantemente. Salvo dos personas. Una leía un libro en papel. Otra tenía los ojos desorbitados. Se había dejado el móvil en casa. Iba a un lugar. Había recibido el aviso en el móvil. Mujer, cuarenta años, manos desgastadas por años de lejía y escaleras que debían quedar impecables. Mujer. Hija adolescente desaparecida desde ayer. Hasta que llegó el whatsapp extraño. De ella. De Alicia. No se había conectado desde la una de la madrugada. Por qué no había avisado a la policía no sabía. Demasiado acostumbrada a que su hija desapareciera y luego apareciera como por arte de magia y le dijera, con una sonrisa escéptica y prepotente, que era una madre sobreprotectora y amargada y que se buscara un buen novio. Coral lo intentaba. Coral se rompía cada vez. Con la ausencia del padre. Con la ausencia intermitente de su hija. Era una prevíctima, estaba claro. Estoy seguro de que lo pasó mal. No podía ver lo que estábamos haciendo, mala suerte. Nuestro canal de Youtube recibió millones de visitas. La gente es así. A la gente le gusta el morbo. Esa mezcla de miedo y tal. ¿Me estoy desviando? Claro… pero esa es la gracia de la película. Ya sabe que al público hay que darle lo que quiere…
Salimos a las cinco de la tarde. Habíamos afilado cuchillos, destornilladores, puesto a punto sierras… es difícil que una motosierra te responda bien cuando quieres si no la cuidas bien. Comimos bien. Soy vegano. Bebimos zumo de frutas ecológico. Nada de drogas aquí. El chico nos esperaba con su chica. Era su prueba de iniciación. Nada personal, es que estas cosas son así. ¿No sabe que los humanos somos carroñeros y caníbales? Yo no. Me estoy purificando para pasar al siguiente nivel, ¿sabe? Cogimos a la chica. Tenía catorce años. Nos divertimos un poco con ella. Ya sabe, era virgen. No hay quien se resista a ello. Los destornilladores se ensangrentaron pronto. Gritaba demasiado, así que le cortamos la lengua. Así iba a tener más espacio ahí. Los gruñidos broncos eran fantásticos. Su supuesto novio se acojonó enseguida. Gilipollas. Lo matamos, claro. Al fin y al cabo, iban a denunciarlo por pederasta. Le hicimos un favor al pobre diablo. El creía que se había metido en el business, pero para eso hay que tener otras cosas. Dinero, por ejemplo. Discurso. Un buen Discurso. Saber qué decir, ¿sabe? Eso es importante. La chica nos estaba tocando ya la pera con sus gruñidos. Parecía una cerda, jaja. Le clavé un cuchillo en el cuello. Un cuello blanco y frágil, como el de un pollito. Al fin y al cabo, ella se lo buscó, por liarse con un tío diez años mayor. No sé qué se creía, la muy puta. Que el cerdo ese la quería. Yo tengo una hermana, ¿sabe? Sí, claro que sabe. Si se le ocurriera hacer lo que esta le haría lo mismo. Mi compañero comenzó a clavarle puñaladas en el abdomen, en el útero. Total, no iba a haber hijos ahí. Estaba inservible. Estaba bien atada con cadenas, pero se movía como un demonio. ¿Quieres salir de aquí, verdad? Sus ojos abiertos eran un sí transparente. Le soltamos las muñecas y los tobillos y nos deleitamos con la reacción: las visitas en streaming del canal subieron estrepitosamente. Hicimos encuestas: A, la dejamos ir; B, le cortamos los tendones de Aquiles; C, le damos un helado para ver cómo se le escurre por el tajo abierto del cuello. Mayoría de B. Fue glorioso. Los tobillos se le partieron como los de un pollo descuartizado, solo que ahí había más sangre. No sé qué decir. Creo que me harté de oírla y le metí la mano por el cuello y le arranqué la tráquea. Luego no sé, no me acuerdo bien. La tonta de su madre se había dejado el móvil en su casa y el compañero que la grababa no pudo conseguir mucho material pero sí lo de la mujer que se hizo pedazos al querer coger el metro. La impaciencia es mala, ya se sabe. La madre de la muerte, jaja. Bueno, en postproducción podríamos hacer virguerías si pudiéramos oponer en doble pantalla la visión de la madre y la de la hija. Nos llevó un tiempo rastrearlas y analizar su perfil, pero hoy en día, ya se sabe… tampoco es tan difícil…
Y ahora que le he hecho la declaración, por favor, ¿podría devolverme mi móvil? Me estarán buscando mis padres, se van a preocupar y tengo que contestar mil mensajes que me estarán llegando y… ¿a usted le gusta el golf, sargento?

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Phenomena

Era dulce el pasar de aquellas horas, hacer cola sentados en el suelo a las puertas del cine Urgell de Barcelona, ir a comprar comida caducada al comercio de los pakistaníes, la cucaracha que vimos en el hotel mientras hacíamos el amor, las múltiples conjunciones de nuestros cuerpos mientras el ascensor subía y bajaba y nosotros subíamos y bajábamos, la sonrisa de los amigos en el recuerdo, el tatuaje de Orfeo en el brazo, el dulce Orfeo, casi emperador romano, casi dios homérico, todos le hacíamos bromas porque era bien raro llamarse así, pero Orfeo era un poeta que bebía en verso como en vaso, un habitado por las musas, un descuartizado por las ménades de su cerebro. Nada de eso sabíamos por entonces, claro, aquel día todo era esperar que llegara Schwarzenegger a decir “I’ll be back”, todo era “hasta la vista, baby”, todo era ir leyendo trozos de la ética de Spinoza mientras nuestras vidas transcurrían por la épica de lo cotidiano: hacer la compra, trabajar, estudiar, limpiar, amarnos, soñar. Pero pronto llegó el momento del parque jurásico, los gritos, los malentendidos, los momentos de ingeniería para almas retorcidas, nosotros alambres, nosotros hierros, yerros constantes, humanos, daba igual que yo le planteara que podíamos ser padres, daba igual que él pensara fríamente en atarme a la barriga de todos los días y a los biberones y a los lloros, daban igual mis llantos a medianoche porque él se iba y se iba y se iba de la casa y de mi vida. Seducidos por el horror, nos atábamos a la última pregunta de nuestros días compartidos, al abismo de aquello que se acababa, a la relación de pareja modélica para muchos, abisal para nosotros. Recuerdo las nubes, el infierno formal de nuestro matrimonio, los ojos de acero de aquel que decía amarme.

A menudo venía a mi mente el rostro de Orfeo, el tatuaje de Orfeo de un laberinto en el que me hubiera gustado perderme, brazo abajo. Él era ácido y retórico; Orfeo, dulce y secreto. Me visita el momento en que nos conocimos para ver dos películas de los noventa, y cuando apareció en pantalla aquello y el actor pronunció “menudo montón de mierda” supe que se refería a mi vida, a mi vida, a mi vida con él, lejos de los cantos de Orfeo, que me iba comentando, paso a paso, por qué los dinosaurios volvían a la Tierra. El corazón antediluviano de mi marido se había convertido de repente en la única ficción que me apresaba, y de pronto todo aquello se hizo real: los centenares de personas cantando “Movierecord” en una ceremonia de celebración de que todo tiempo pasado fue mejor, el respiro, el beso furtivo en el lavabo con Orfeo no sé muy bien por qué.

Luego, con el tiempo, nos enteramos de que cerraban el cine Urgell, aquel en el que nació un sueño, aquella fábrica de sueños a la que iban miles y miles de almas buscando un destino diferente.

Sí, algo ha muerto. Ahora, mientras miro la enorme desproporción de los ojos del que se llama mi amor, mientras bajo mis pies se abren despeñaderos, agujeros, hiatos del ir viviendo, alguien llama y nos dice que Orfeo se ha entregado por fin a todos los versos, que como artista estéticamente a la moda ha decidido sepultar sus sueños bajo toneladas de botellas vacías, un amigo, dice, hicimos cola juntos, nos dice, y entonces yo pongo esa cara agria de mujer resignada, de vida perfecta, de vientre vacío, y siento la picadura de la serpiente del dolor perdido, del dolor de añorar algo que ni siquiera llegó a ser iniciado sino iniciático, y ya se sabe que el cine ha muerto, los dinosaurios han muerto, Orfeo ha muerto y yo soy una estúpida Eurídice que aún cree que se puede salir a pasear por los infiernos.

Phenomena

Frontera

Empezó a arrastrarse. Las cigüeñas aplaudieron con sus picos el hervor de la mañana burbujeado en las largas hileras de coches. Apretó sus manos. El conductor se aferraba al volante y la Primavera no tardaría en amanecer. Los ocupantes del escarabajo rojo tramaban chicas y fiestas mientras un pulpo de angustia retorcía su vida agazapada en el maletero. Era preciso retroceder el reloj hasta las primeras horas de la noche en que decidió acercarse a la vieja fábrica en la que celebraban sus rituales iniciáticos. Ahora miraba su placa de policía y sus tatuajes de mara en proceso de borrado, su doble vida durante un tiempo. En el bordado de los días, lejos del vientre que cobijaba la vida que lo situó dentro de la ley, lejos de la traición de sus respetables nuevos amigos, empezó a arrastrarse y a golpear con la cabeza su decepción porque no había dos lados en el límite del orden, sino una frontera difusa que iba a estallar por los aires en cuanto activara los detonadores, una madrugada sucia, una tierra podrida en la que él sería el único gusano.

Frontera