Ladrar al mundo

Somos perros. Buenos perros. Cuando nacemos, nos ponen un collar llamado conciencia que nos van apretando a medida que nos transformamos en ciudadanos aparentemente hábiles, lábiles, domesticados y contribuyentes. Se nos anima a destacar, pero no demasiado (no vaya a ser que una postrevolución arranque cabezas sobresalientes); se nos anima a “ser como los demás”, pero no demasiado (tampoco queremos ser clones); se nos anima a brillar, a brillar, a demostrar el talento en este talent show que es la vida… hasta que llegue el candidato siguiente. Hasta que el miembro borde del jurado nos haga morder el polvo. That’s entertainment! Estamos, señoras, señores, en la civilización del espectáculo.

Te cansas a menudo y crees que no sirves para estar en el escenario de la vida. Nunca eres lo suficientemente bueno, y si lo eres, alguien te corta la cabeza (metafóricamente hablando, esperemos). A veces crees que ya está bien o que nada vale la pena demasiado. Y sin embargo… ahí siguen esas ansias tontas de hacer algo glorioso, algo brillante… algo. Aunque no sea ni glorioso ni brillante. Estamos abocados a querer dejar una huella en el mundo, a tener un peso en el mundo. A tener la sensación de que no hemos pasado por aquí para nada.

A veces nos sacan de paseo y nos explican guerras o atentados o atracos o nos dicen que el mundo se va a ir al traste en cualquier momento. Que si el apagón general de Internet (eso fue en el 200, ya sé), que si la glaciación… ah, no… el deshielo de los polos: de acuerdo, no voy a frivolizar sobre esto. Es algo constatado. Pero también lo demás. Y entonces alguien te lanza un palo y pretende que vayas a buscarlo: que vayas a buscar algo que tenías delante de los morros, que te han enseñado, te han obligado a oler y han lanzado lejos de ti. Genial. Tú sales a la desesperada agitando tu hocico al mundo y vas improvisando sobre la marcha de los días: por el camino creces, estudias, te frustras, trabajas, te frustras, sobrevives, te emparejas o no, tienes hijos o no y vas despeñado hacia el final de la carrera: allí donde el palo se transforma en tu propia muerte.

¿Qué haces mientras tanto? Quiero decir… ¿qué haces con tus ilusiones, tus anhelos, tus raptos, tus iras, tus desencuentros? ¿No sirven? ¿Están esperando espectadores para demostrar que con unos cuantos seguidores-palmeros (diez, cien, mil, diez mil…) todos tus días tienen algún tipo de sentido? ¿A cuánto se cotiza el palmo de vida compartida en redes, en grupos sociales (físicos o virtuales) en donde tienes la sensación de valer algo si alguien te mira y te aplaude?

Podría seguir. Aprovecho para aclarar que, por fortuna, tengo este tema personalmente superado. Mi vida es un sinfín de planes B. Y sobrevivo. Y soy feliz. Me reinvento. Este texto va dirigido a toda persona que se sienta identificada de alguna manera con los párrafos anteriores. En especial a mis alumnos: a los que quieran leer, pensar, quejarse.

No nacemos con un manual de instrucciones incorporado. No servimos para nada en concreto porque servimos para todo: igual construimos puentes que hacemos pan o cuadros o sinfonías. Aunque sean sinfonías discordantes de bocinas de coches mañaneros en atasco kilométrico. Nacemos para aspirar las semillas de la eternidad en el viento de los días. Podemos ir en busca del palo, podemos negarnos al amo o hacernos sus amigos. Pero no podemos parar a lamernos las heridas. Lo único que nos deja quietos e impotentes, poco predispuestos a seguir cualquier camino, es parar a lamentarnos, a interrumpir la frase del siguiente segundo. Lo único que no nos ayuda, en esta vida de perros desorientados, es ladrar al mundo: su respuesta va a ser siempre el silencio, o el coro de ladridos de otros perros enfermos por alcanzar un horizonte que siempre se escapa, el muy tozudo, como la maldita zanahoria que nos ponen por delante para que la alcancemos mientras corremos en círculos pensando que a lo mejor algún día, a lo mejor en otro tiempo, vamos a conseguir dejar el collar que nos aprieta y nos ahoga y nos obliga a seguir adelante, en busca de alguien que ya somos.

 

Anuncios
Ladrar al mundo

Lo esencial, según el Doctor Horroris Causa

Lo esencial es buscar la verdad. La verdad es aquello que es idéntico a lo real. Lo real es aquello que puede ser percibido por los sentidos. Lo que puede ser percibido por los sentidos es lo que la mente percibe. Aquí encontramos un conflicto, porque lo que la mente percibe, a veces, no proviene de una identificación de lo existente fuera de ella, sino de una ofuscación de los sentidos o de un tergiversar lo que perciben los sentidos, con lo cual se demuestra que no existe la verdad.

No existen los conceptos absolutos. Mientras, la realidad enloquece.

Lo esencial, en un cóctel (por poner un ejemplo de tránsito humano), es no quedarse parado mirando a todas partes. Lo esencial es aparentar.

Lo esencial, según el Doctor Horroris Causa