Manuscrito no solicitado

Soy un manuscrito no solicitado. Nací cuando nadie me esperaba. Eso arroja una idea aproximada acerca de lo poco oportuna que fui y de la mueca de susto de mi madre y de hastío de mi padre.

Soy un manuscrito no solicitado. Mis días se convirtieron pronto en una carta al editor sobre mi propuesta editorial: iba a ser una niña perfecta, de rizos perfectos y vida perfecta.

Me esforcé por estar a la altura de las circunstancias (Machado advierte seriamente sobre este aspecto), pero siempre acababa au-dessus de la mêlée, peleando por no acabar pateada por mis compañeros de partido: todo el mundo, en general.

En algún momento me rompí y me tiré a la papelera. A veces es necesario empezar de nuevo. En otro lugar, en otra parte de ti misma: más allá, más adentro. No importa. Por el camino conocí a personas dispuestas a aceptar mis erratas y a otras que se dedicaron a llenarme de vacíos: líneas viudas y huérfanas, horrores ortográficos condenables, malas metáforas.

En otro momento creí que podría descansar gracias a los apaños del Gran Agente (ese que nunca responde a ninguna plegaria y que, por lo tanto, no existe para las letras crédulas), pero resulta que dicen que la Edición del Universo está ya ocupada por otros que nacieron antes o después: en cualquier caso, no llegué en buen momento.

Porque me permito recordar que soy un manuscrito no solicitado. Soy el error del mundo que existe aunque no quieras. Y a pesar de todo estoy aquí, escribiéndome, enviándome, inmune al rechazo y a las sonrisas torcidas de aquellos que creen que la vida (esa que transcurre entre los márgenes del texto, entre las líneas mal justificadas) ya tiene demasiado llena la bandeja de entrada.

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Manuscrito no solicitado

Vida de una futura muerta

Revisitando algunas de mis libretas (siempre me voy anotando por si acaso me olvido de mí misma y del resto del mundo) encuentro una anécdota que no me resisto a resumir.

Tren a Barcelona. Encuentro con una antigua compañera. Saludos, besos. Nos ponemos más o menos al día. Ella me pega un repaso del estilo “vamos a ver si estás en decadencia”. Este acto la deja un tanto ojiplática a mis ojos, como si la vida de repente le hubiera dado un bofetón con la palma bien abierta. No me hago preguntas. Me limito a sonreír. Ella sí me pregunta: “¿sigues escribiendo?”. Nada nuevo, ¿verdad? Pero es una pregunta que siempre me extraña. No sé cómo piensa (cómo piensa nadie) que esto de escribir se puede dejar como quien deja el tabaco (“¿sigues fumando?”) o el alcohol (“¿sigues bebiendo y emborrachándote como si no hubiera mañana?”) o cualquier otra sustancia de las que crean adicción (aunque escribir, reconozcámoslo, sí causa adicción). Nadie te pregunta: “¿sigues siendo profesora?”, “¿sigues siendo contable?”, “¿sigues siendo ingeniero?”. Me doy cuenta de que la gente no se da cuenta de que esto de escribir no es una actividad, sino una manera de ser y mirar, un modo de vida, una esencia. Quien deja de escribir es porque buscaba algo que no es la escritura, que no está de verdad en ella: fama, dinero, una dudosa e inestable fortuna…

Porque la pregunta que te formulan no es “¿sigues publicando?”, lo cual sí tendría un cierto sentido tal y como está el patio editorial, sino “¿sigues escribiendo?”, cuando escribir, para quien lo hace más acá de cualquier reconocimiento (que siempre  es bienvenido, claro, pero nunca es el objetivo final), es tan indispensable como comer o respirar.

Supongo que la pregunta nace porque nuestra sociedad contempla todo tipo de Arte (esa forma de plantear preguntas, de indagar en el hueco del ser humano) como algo accesorio, y no como algo esencial y necesario. Supongo que nuestra sociedad no concibe que se haga nada (nada bueno) porque sí, a cambio de (apenas) nada. Somos buscadores del vacío, criaturas de piernecitas frágiles e inestables. Nos cuesta tenernos de pie en mitad del Universo. La diferencia entre escribir o no es que a algunos nos gusta comentar esta manera de pasar por un mundo que no entendemos, nos gusta cuestionar lo que existe más allá de la inmediatez de los días.

Decía Quevedo que escribir es hablar con los muertos. Quien escribe, se sabe muerto de antemano. La próxima vez que alguien me pregunte “¿sigues escribiendo?”, miraré a esa persona a los ojos, me callaré y le daré un abrazo.

Vida de una futura muerta

Balance crea(c)tivo

Soy poco dada a balances. Quizá más a balancearme en el péndulo de los días, o a balacearme (permítaseme el americanismo) en las aristas de las horas, siempre en busca de un rincón para escribir.

Soy poco amiga de balances, así que aquí me estoy traicionando un poco. Pero bueno, hay que sorprenderse de vez en cuando, ¿no?

No suelo hacer recuento de mis “logros” literarios. No los tengo. Mi único logro es seguir escribiendo, escriviviendo, a pesar de la falta de tiempo (el trabajo nutricio y sus aledaños apenas me dejan más de cinco horas para dormir cada día), a pesar de los embates de una salud que a veces se muestra esquiva (segunda traición a mí misma: no suelo hablar de esto en redes públicas). Por todo lo anterior, estoy aquí, traicionándome: porque quiero celebrar lo conseguido en este último año.

Estos son mis pequeños datos:

  • Una novela acabada y revisada, aún inédita y aún sin editor ni agente (como otras muchas que andan por ahí, claro).
  • Un nuevo poemarioNuevas impurezas. Aparece en la Revista 3D3, un lugar que ya considero mi casa poética. Podéis encontrar esos versos impuros aquí, a partir de la página 81. No os preocupéis, es de descarga gratuita. No sé por qué, pero nunca pienso en mis versos como algo vendible. Los regalo en 3D3 o en mi blog más lírico.
  • Un nuevo texto escénico: un monólogo en el que una Caperucita muy punk, algo kafkiana (por alguna razón se llama K) ajusta cuentas con su madre ausente. Aparece en la antología 22 Monólogos de cuento editada por Esperpento Ediciones Teatrales.
  • La publicación, gracias a la editorial Playa de Ákaba, de mi novela Las cuerdas y el oído.
  • Ah, sí… otra novela acabadaen proceso de revisión.
  • No pocas entradas en blogs.
  • La supervivencia de mi díscola criatura Subway Placebo, que aunque nació en 2014, sigue teniendo vida y se ha paseado por la Hispacon 2017, ha vuelto a Madrid y seguirá paseándose en 2018 por este mundo cada vez más distópico.
  • La persistencia de Abraham Scott Henson, a quien nunca le agradeceré lo suficiente que robe tiempo a su tiempo para traducir mis textos al inglés.

Ya que estamos en el mundo de mis ángeles de la guarda, quiero agradecer la fe que deposita en mí Jimena Tierra (hago mención también a Nona Escofet y Albahaca Martin Gon en este campo, como grandes compañeras de aventura editorial), con sus propuestas de presentaciones presenciales y online (los magníficos CLIC, en donde he podido presentar Subway Placebo Las cuerdas y el oído). Agradezco que Noemí Trujillo y Lorenzo Silva hayan vuelto a apostar por mí desde su magnífica Playa de Ákaba) y que Efraim Suárez lance siempre esa mirada lúcida y crítica sobre mis textos. Doy las gracias a Fernando Olaya, que recuperó la memoria de un curso lejano en Santander para invitarme a participar en su antología de Esperpento Ediciones Teatrales, y a Antonio R. Fernández con sus propuestas poéticas para la Revista 3D3. Doy las gracias también a Judit, Jose, Alfons, Teresa, Núria, Esther, Eduardo e Ignacio, entre otras muchas personas, por acompañarme día a día, de cerca o a la distancia, recordándome que he nacido para querer al mundo y para escrivivir.

Con todo lo anterior, ¿qué más se puede pedir? Nada más. A lo sumo, seguir viviendo. Seguir escriviviendo.

Feliz fin de 2017 e inicio de 2018. No os voy a decir que seáis felices: simplemente, id siendo. Porque lo interesante de ser está en el camino que lleva a uno mismo, y ese camino lleva a los demás. Seamos pues, seres en camino de nosotros mismos junto a otros seres mientras un mundo conocido se acaba y empieza otro: mientras nos balanceamos (sobre un pie, sobre el otro) en el péndulo de los días que se erizan en horas.

 

Balance crea(c)tivo

HELARTE

Trabajar, se trata de trabajar.

De trabajar siempre.

Después de las Buenas Noticias, trabaja.

Después de las malas, trabaja. El Mundo no se parará si tú te paras. Y tú, en el fondo, tampoco.

Meriendo. Palomitas, da igual. Partituras. Amaneceres, ocasos. Largos sorbos de redención y fracaso.

Tienes una idea brillante pero quizá no tienes tiempo. O tienes tiempo y quizá ninguna maldita neurona que llevarte a la boca. Te duelen las piernas, o el corazón. O el Mundo. O el Invierno de los vivos. El Infierno de los Otros.

No te engañes: el Infierno de los Otros es también tu infierno.

#Helarte: morirte de frío.

Sí, El Arte: morirte de frío en un rincón por dentro mientras por fuera sonríes, supuras energía u optimismo o

El Mejor de los Dramas

servido en Bandeja de Plata.

¿Te duele la vida? ¿Quieres Rebelarte?

Sé Artista. No se nace (o no solo): se fabrica.

Se templa, se troquela, se afina

Se fragua

Se llora y se ríe,

pero sobre todo

SOBRE TODO

SE TRABAJA.

Se suda. Todo Arte bien fabricado, tachonado de estrellas, tiene en su fórmula un 90% de transpiración. El resto, 10% de inspiración. Para entendernos: que las Musas te pillen trabajando. Y si no te pillan, sigue trabajando: algún día correrán a buscarte si perseveras.

Llegados aquí, puedes tirarme a la basura de tus ideas. He parado un momento, he pensado en ti: he pensado que no quería dejarte a solas con todo el Mundo, a riesgo de helarte en un páramo o quizás en un recoveco de tus ideas en las que por casualidad o porque las ventanas siempre están demasiado abiertas, ha entrado el frío un momento a paralizARTE.

 

HELARTE

Media neurona

A veces, cuando ya llevas sobre los hombros literarios muchas páginas, muchas noches sin dormir lo suficiente, demasiado café para escribir más, un nivel de alegría interna desaforada y no pocas galletas en el estómago, sufres el síndrome de la “media neurona”. No una haciendo eco, sino media. Lo llamo el síndrome de “el azucarero en la nevera”: ese punto en que el cansancio es tal que solo sabes vivir en el mundo de dentro e intentas no darte de bruces contra la realidad “de fuera”. Bien, ya se sabe: hay que descansar, desconectar… Desconectar. Como las máquinas. Sí. Pero no. Soy un ser humano bastante imperfecto, así que no hago mucho caso de las recomendaciones bienintencionadas.

A veces bramo en silencio por un cuarto de hora más durmiendo, mientras me levanto, mareada, con esas ojeras de las seis o las siete de la mañana tras haber dormido cuatro o cinco horas. A veces me digo que debo dormir más. Y es cierto: debo dormir más.

Pero… la escritura manda. No es disciplina, es oxígeno. Ese momento en el que crees que no vas a poder más y escribes, que no vas a ser capaz de hilar frases y escribes, ese estado de semiabotargamiento en el que al final consigues dar con una frase que te enciende el mundo. No: que te incendia el mundo. Y vives para eso. Para ese momento. Para esa chispa que salta y te dice por dentro que ha valido la pena… no, te da igual si ha valido la pena.

La verdad es que no te cuestionas si ha valido la pena. No es un intercambio. No es una ecuación ni una propuesta de comercio. No trapicheas con los sentimientos. Escribes porque no puedes no escribir. Lo dijo alguien, la frase no es tuya, pero hoy es un día de media neurona en el que has navegado entre océanos de cansancio feliz, feliz porque… porque sí. Porque la escritura no necesita justificación. Porque no hay que justificarse para respirar.

Así que hoy me perdonaréis si no estoy brillante o punk o rompedora o rompeolas, pero acabo de meter el azucarero en la nevera y me planteo hacerme una pizza de endecasílabos o algo parecido a una novela con salsa boloñesa. Porque sí, porque me da la gana celebrar que hoy ando escasa de cerebro porque he dormido poco y escrito mucho y corregido, revisado, quitado una coma-puesto una coma. Porque me alegra encontrar en el mundo de fuera personas (sí, las hay) que entienden este estado y que se ríen conmigo cuando les digo que hoy no voy a ser la persona más cabal del mundo, porque ando semidescerebrada con media neurona.

Media neurona

De entropías y otros animales

Cuando a menudo te preguntan por qué escribes o cómo escribes y todas las cuestiones aledañas al respecto, nadie piensa en algo que es tremendamente necesario: la limpieza interior. Puedes juntar palabras, puedes acumular páginas, pero escribes de verdad (escrivives) cuando olvidas toda meta y anulas cualquier sentimiento de envidia.

Otros “triunfan” cuando tú trazas letras en las nieblas del sueño.

Otros tienen reconocimientos varios cuando tienes que despegar las legañas y abrir bien los párpados.

Para escribir hay que ver. De verdad. Abrir los ojos. A veces, cerrarlos para soñar. A veces desaparecer de ti mismo. Olvidar qué significa ser tú, con todo lo que conlleva: alegrías, desesperanzas, ilusiones, facturas de la luz y bollos resecos para la merienda.

A veces te puedes permitir un chocolate con churros de memoria y recordar los momentos en que eras tú quien “triunfaba”. Cuando la ola baja, tienes que volver a sentarte frente a la página y agarrar bien las armas de creación masiva.

Me gusta decir a mis alumnos, a aquellos que se quieren dedicar a “esta cosa llamada arte“, que no se pueden permitir el lujo de tener porquería emocional. Celos, frustración, pataleos porque les ha llegado un buen momento a otros. No. Radicalmente. Porque eso genera entropía: la pérdida de energía (si se me permite ser algo lega en asuntos científicos) y la consiguiente falta de luz. De lucidez.

A menudo, pues, toca hacer limpieza de porquería emocional. “Abolir el ego”, dirían algunos. Llámese al asunto como se quiera. El arte no existe si es solo expresión del ego, si no comunica nada, si no tiene la intención de hacer este mundo (o cualquier otro mundo) un poco mejor. No hablo de angelismos. A veces es necesario hablar del horror que nos rodea, a veces resulta imprescindible sufrir algo para volver a nuestros días de otra manera. No es algo nuevo: los griegos lo llamaban “catarsis”. Stephen King llamaría a esto “abrir la puerta para enseñar al monstruo”.

Podemos atrevernos a enseñar al monstruo, podemos entrar en la danza macabra de la zona oscura, allí donde viven todo tipo de alimañas: dragones que te devoran si no escribes, gorilas que te atacan si lo haces. Podemos jugar con el límite. Pero si no partimos de la noción de juego, del respeto y la admiración por aquellos que “lo han conseguido”, si no intentamos aprender un poco más cada día (a escribir, a vivir… a escrivivir), nada de lo que hagamos valdrá realmente la pena.

De entropías y otros animales

Escribir a mano

Dicen que el 75% de escritores ya no escribe a mano, que la mayoría de ellos ha dejado de ser plumíferos para escribir en el teclado. ¿Teclíferos, tecladíferos? No sé. No soy uno de ellos. No pertenezco a ese tanto por ciento. Escribo desde mi respiración. Desde la raíz más profunda. Excavo a fondo. No me importa medirme con mis abismos. A veces, como hoy, me duele la mano de excavar. Escribo. Desde. Mi. Respiración. Desde mi más pura, indefensa y radical indeterminación, la que nace del pecho encogido y se expande hacia arriba, contra días, contracorriente. Ahora estoy aquí, en el teclado, intentando traducir mis impulsos. A veces necesito coger ritmo y escucho a Bach durante horas mientras hago otras cosas como lavar platos o recoger la cocina o abdominales o dorsales o flexiones de brazos. El escritor se entrena. La escritora se entrena. Fabrica el instante. El instante queda preñado de elementos intangibles que tienen, sobre todo, ritmo. Hace un rato leía un libro sobre simetría con la velocidad insensata de quien quiere aislarse. Fabrico el momento preñado de ganas. Ese en el que te dices “si no escribo, reviento”. Estudio sobre simetría. Estudio sobre asimetría. La primera nos sitúa. La segunda nos ayuda a vivir en la incertidumbre. Estas variantes me inquietan, me aceleran la respiración con la que mi mano recorre las libretas de a diario, esas en las que mi vida no deja de ser una huella que se borra a cada paso.

Escribir a mano