Tú serás Ferox

Me gusta que los libros me emocionen. Me gusta que me cojan por los ribetes del alma y me den unas cuantas vueltas al mundo. Para eso leo: para que mi vida pase por lugares emocionales insospechados.

Hay libros que te resuenan en el alma a lo largo del tiempo. Ferox [1], de Olivia Sterling, lo hace. Esta novela llegó a mis manos hará ya un año, y me prometí escribir una reseña en cuanto me fuera posible. Por entonces, estaba yo metida en demasiadas cuestiones familiares y profesionales como para poder dedicarme a escribirla.

Ferox resultó ser una bocanada de aire fresco en unos momentos en que mi cerebro y mis fuerzas estaban reducidos a la mínima expresión. Creo que una obra literaria debe ofrecer algo a quien la lee. En mi caso, así fue. Esta novela no solo fue una compañera vital importante para mí, sino que, además, ha seguido resonándome por dentro durante todo este tiempo. Un año después.

Por el camino, las fichas que escribí en su momento se dispersaron entre cambios de etapa y limpiezas de escritorio. Pero ahí sigue la novela, llena de citas subrayadas. He decidido no escribir aquí un estudio analítico. Prefiero reflejar la huella de las emociones que viví con ella y que aún perviven. Tanto, que hasta me trajeron otras voces a la mente.

Ya en septiembre de 2019 dije en la Revista Moon Magazine:

La lectura reciente que más me ha gustado es Ferox, de Olivia Sterling (Ediciones B, 2019). Me sugiere Voice of the Bloodde Hildegard von Bingen, porque en la novela veo la voz de una mujer que intenta abrirse camino en un mundo áspero de hombres, lleno de tinieblas que intentan amordazarla y acabar con ella. Veo esa oscuridad, ese peligro de avanzar sin protecciones, luchando por sobrevivir y por saber quién es. Me parece tremendamente contemporánea la problemática y a la vez común a todas las mujeres de todos los siglos. Tanto Micaela (la protagonista de la novela) como Hildegard son mujeres que buscan su destino entre los días que se enredan en sus pies y amenazan con tumbarlas. Y, a contracorriente, sobreviven y se convierten en leyenda.

Reminiscencias musicales, luchas femeninas por el derecho a ser y a existir: todo esto puede encontrarse en las páginas que nos ocupan.

Sorprendente, emocionante, adictiva: eso se lee en la faja que acompaña a la novela en físico. Normalmente no suelo creerme estos calificativos, pero en este caso debo decir que, en efecto, Ferox es sorprendente, emocionante y adictiva.

La sorpresa: un libro escrito por una autora que para mí era desconocida va y se te clava directamente en el centro de gravedad del corazón. Es una novela de base histórica con un componente de aventuras importante protagonizada por una mujer que no pretende ser un hombre ni cae en todos los tópicos que se supone debe tener una heroína de novela. Por el camino se enamora y se equivoca, pero ¿quién no se equivoca en su vida? Los pasos errantes y erróneos de Micaela son los que la convierten en alguien creíble, aunque la novela tenga su punto fantástico.

¿Qué más podemos encontrar? Un buen estudio histórico y antropológico de base relatado de forma amena, sin concesiones a una erudición fácil que cargue el texto, así que aprendemos no pocas cosas de una manera emocionante. Delectare et prodesse, ya se sabe. La trama se construye de modo que te aporta la suficiente información y a la vez la necesaria tensión narrativa como para que tengas ganas de seguir leyendo. Puedo afirmar que, en mitad de unos momentos en los que no tenía tiempo ni para dormir, llegué a sacrificar no pocas horas de sueño (espero que Olivia Sterling no se sienta culpable por ello) para poder seguir leyendo unas líneas más, unas páginas más. Acabé de leerla el ocho de junio de 2019 a las 21:42 h. (esto es algo que no había dicho aún: suelo anotar cuándo empiezo y cuándo acabo de leer un libro). Tardé menos de una semana en leer sus 431 páginas. Por entonces yo estaba sumida en un maremagnum salvaje de trabajo y de obligaciones personales y familiares, así que, en efecto, es adictiva.

Su estructura es aparentemente sencilla: ocho capítulos que llevan como título el nombre de personajes que acaban siendo guías de la protagonista más un epílogo. Una trama que parece lineal encubre una subestructura muy cercana al concepto de vasos comunicantes, que, a su vez, evoluciona como una tela de araña que hace que las vidas de los personajes se vayan tejiendo: a veces convergen, a veces se narran en contrapunto. La técnica de base queda difuminada a favor de una superficie amable en la que quien lee puede nadar de manera más o menos profunda según prefiera. En resumen: encontramos una lectura que se puede entender a diferentes niveles de realidad.

¿Qué más tiene esta novela? Una heroína que se equivoca, como hemos dicho. ¿Una antiheroína? Pues sí. Pero precisamente por eso sale victoriosa en la mente de quien construye su leyenda: tú, yo, muchos.

Corre el año 1033 del calendario juliano:

El mundo se había vuelto enemigo de la humanidad.

(p. 15)

Hay hambre, desolación y miedo en un mundo devastado por el apocalipsis en el que la leyenda de Micaela surge y se metamorfosea, en el que no hay lugar para la esperanza de vida ni para la esperanza de libertad. En este contexto, una niña, una muchacha, una mujer llega a saber quién es y quién quiere ser. Llega a ser: para ella y para todos los que siguen, conocen y explican su leyenda.

Corre el año 2020 del calendario gregoriano: el mundo sigue siendo enemigo de la humanidad. En estas circunstancias, Olivia Sterling nos brinda unas páginas para recluirse, soñar y aprender a vivir. Unas páginas para leer y ser, en donde tú también serás Ferox.


[1] Olivia Sterling: Ferox. Serás leyenda (Penguin Random House Mondadori Grupo Editorial), Barcelona, 2019.

Tú serás Ferox

Solaris o la agonía perpetua

Cuando leemos Solaris, de Stanislav Lem, entramos en un universo en el que el horror y el extrañamiento cobran vida propia. El protagonista, Kelvin, viaja en la cápsula Prometeo y vive su llegada a la estación Solaris de un modo raro (p.11)[1], semejante a una caída en vertical que no ha hecho nada más que empezar.

Al llegar, observa que la dejadez y el desorden reinan en Solaris. Allí constata la presencia de un charco aceitoso, un olor nauseabundo, una maraña de cintas magnetofónicas, de papeles rotos… (p.12). Su encuentro con otro personaje (Snaut) está plagado de indicios que nos llevan a situar la obra en el ámbito del thriller y del terror, además de su claro espectro perteneciente a la ciencia ficción.

El terror como enfermedad que se contagia es un tono continuo en la novela que va a teñir de manera progresiva (junto a la sorpresa y el extrañamiento) la visión del protagonista. La ausencia de explicaciones (a veces por exceso de raciocinio) y la desaparición controvertida de algunos personajes (sería el caso de Gibarian, por ejemplo) trazan un enorme vacío entre los individuos que se va a ir viviendo como el océano de incomprensión que los aísla. Individuos: islas. Seres a-islados por el océano de Solaris.

No perdamos este último concepto. Solaris es, en sí, un planeta de doble sistema solar que está habitado por un océano protoplasmático que se vive como una manifestación de la omnisciencia (p. 33). Este océano se irá revelando como copia metamórfica de sus interioridades, como espejo inclemente de la intimidad humana: refleja y recrea lo que el humano ama y teme, y se comporta como una duplicación de sus entrañas. Los seres humanos están creando a su vez esa realidad que ellos ven como “otra”, que se autorreplica, una autorreferencialidad inabarcable e inconcebible que acaba con la mente expuesta a todos los límites i(ni)maginables. Ellos crean lo que creen. No encuentran respuestas. Cuando creen encontrarlas, no son más que un eco de sus preguntas.

El vacío atemoriza desde siempre al ser humano. En esencia, Solaris es una crónica extraterrestre de la experiencia del vacío. Buscando la exterioridad absoluta (lo absoluto exterior que daría un sentido a su aventura), los individuos solo encuentran divagaciones y elucubraciones que no hacen más que remitir a la propia búsqueda.

Como correlato de los dos soles que dan vida al planeta, en Solaris se nos ofrece la doble cara de lo amable (lo que armoniza con nosotros) y lo que aterroriza (el brutal contrapunto que no hace más que ponernos en contacto con nuestra propia infinitud). El miedo que impone el silencio de lo que nunca existió (p. 86) y la necesidad de espejos en los que reconocerse (p. 88) ante la total indefinición que supone ser humano lleva a la Solarística, al estudio sobre Solaris: esta ciencia se nos presenta como un proceso de autorreferencialidad que confunde más y más a los humanos que la cultivan a través de sus teorías recurrentes y contradictorias.  El polvo de las bibliotecas ha sepultado el repertorio infinito de las suposiciones (p. 131). Parte del núcleo temático de Solaris versa sobre las disquisiciones acerca de lo que es Solaris, que es tanto como decir que habla sobre el concepto de la realidad sabiendo que la realidad no se conoce. La realidad, por lo tanto, es una suposición. Por este camino se llega al concepto variable y discutible de en qué consiste ser humano. El punto de partida es su dudosa libertad (¿Tienes las manos atadas? ¡De eso se trata, de que las tengas atadas!, leemos en la p. 178) y la reflexión sobre la responsabilidad y el inconsciente. Si el inconsciente es incontrolable hace que surjan realidades (y por lo tanto conductas) indeseadas. Una vez más, la realidad es algo que (en realidad) se desconoce porque muere bajo una montaña de hipótesis contradictorias.

¿Qué les diría? ¿La verdad? No, tendría que fingir, mentir, ahora y siempre (p. 180): la limitada capacidad del ser humano para soportar una verdad que no se sabe si existe se proyecta en la autorreferencialidad de las convicciones del individuo. Muy cerca del sol, en Solaris, la verdad de la ausencia de verdad quema. Y los hombres no pueden mirar la verdad a la cara. Se quema la vista, la mirada. Se nubla la visión de un paisaje que es cambiante según los estados internos de sus habitantes.

Por este camino, se elimina el concepto teleológico de la existencia humana. Eliminado esto, reducido el ser humano a un individuo que duda sobre su propia esencia y que se agarra a sus propias imágenes secularmente repetidas, el concepto de lo que es humano pierde todo sentido.

La única evidencia es que no hay nada, que el ser humano lanza preguntas a un cielo (en este caso, un Océano primigenio) que nos envía, no ya el silencio, sino la misma pregunta como respuesta. El hombre autosignificante carece de finalidad. No se reconoce como animal pensante, y tampoco se siente criatura de ningún dios. Es un ente perdido en la inmensidad del espacio vacío, escribiendo palabras y palabras sin referente alguno, preguntas sin respuesta.

El ser humano es agonía perpetua. Por eso busca mitos fundacionales. Es importante la referencia a Afrodita, nacida del Océano: así se conecta la novela con Hesíodo, con su Teogonía. Esa Afrodita es Harey en la novela: diosa del amor, pero también Bariritu, demonio asirio que viene al anochecer, manifestación del mismo planeta Venus, estrella vespertina relacionada con la mesopotámica Ishtar. Solaris es, en el fondo, un mito fundacional, necesario para subsanar la angustia que embarga al ser humano por el mero hecho de serlo, por ser un monstruo que contiene un cerebro limitado en el que puede albergar nociones acerca del infinito. Estamos ante un texto en el que los mitemas básicos (al Amor, la Locura, la Muerte) como experiencias límite llevan a veces a que el individuo se viva como Fausto, como Prometeo, como Ulises, pero también como un apéndice en el camino en el que los grandes sabios (los sabios de Solaris, pero también Einstein y Platón) son solo mojones del progreso (p. 214) que no sirven para entender nada. Así, el amor (aunque sea una quimera) se presenta como la mejor anestesia ante la estupefacción del descubrimiento de que ser humano es un viaje hacia la nada en el que dios (cualquier dios) es una hipótesis no verificable, y la memoria, única posibilidad de identificarse con algo, no es más que un repertorio de ácidos nucleicos grabados en cristales asíncronos macromoleculares (p. 224). Más allá (o más acá) de todo esto, la conciencia humana no deja de ser un milagro cruel.


[1] Stanislav Lem: Solaris. – Editorial Planeta DeAgostini, Barcelona, 2006.

Solaris o la agonía perpetua

Arañas que arañan juntas

Nuestras vidas son los hilos que van a dar en el cooperar, que a veces es el morir. Si cuando tenemos un proyecto en común todos tenemos el mismo objetivo, es fácil llegar a buen puerto. Si no, cualquier esfuerzo está destinado al naufragio. El libro que hoy nos ocupa es una buena obra de consulta por lo que se refiere a la gestión de equipos. El título ya es ilustrativo: Cuando las arañas tejen juntas pueden atar a un león.

Atar a un león es lo último que se te ocurre si quieres sobrevivir. Y más si eres una araña. La posibilidad de salir pateada, aplastada, se eleva hasta niveles estratosféricos.

Cuando las arañas tejen juntas

Siendo humanos, sabemos que lo que importa es la interacción. Todo el entorno actual tiende a deshumanizarnos en la cultura del dato, del metadato, del producto. Sin embargo, y de manera paradójica, si quieres producir más tienes que comunicarte mejor. Si quieres ser el mejor tienes que ser el mejor comunicador. Pero para eso tienes que concebirte como fracaso. Solo si te piensas como fracaso al principio vas a ser un éxito al final. Pero un momento… no quisiera utilizar este vocabulario: fracaso, éxito.

¿Cuál es el verdadero fracaso de un ser humano? No ser humano. Este libro, en el fondo, trata de esto. Su sistema de gestión de equipos (sus múltiples ejemplos, sus buenas “recetas”) nos ayuda a mejorar en muchos aspectos, pero sin lugar a dudas nos ayuda a mejorar en el difícil arte de ser lo que somos. O de llegar a ser lo que somos. En nuestra mejor versión posible.

Si quien lee quiere aprender sobre gestión de equipos, este es un buen lugar para empezar. Si se tiene horror hacia las recetas sobre emprendimiento y se busca un enfoque humanista enraizado en el sentido común, este también es un buen lugar. Cuando se trata de sobrevivir, los pequeños humanos sabemos que tenemos que coordinar nuestros esfuerzos de seres mínimos para convertirnos en gigantes.

Hecho el ser humano, se inventó la travesía por nuevos mundos. Desde estas páginas se nos enseña a emprender la travesía por los océanos de la incertidumbre en compañía de otros seres mínimos como nosotros mismos y a atar al león de nuestras inseguridades. Vamos a por esas nuevas tierras, pues.

Arañas que arañan juntas

EL RITMO DE LAS ESTRELLAS

RESEÑA SOBRE CAEN ESTRELLAS FUGACES, de JOSE GIL ROMERO y GORETTI IRISARRI (Suma)

Caen estrellas fugaces

Como la fulguración Carrington, esa tormenta solar que arrasó el cielo de Madrid en septiembre de 1859, aparece esta obra en el firmamento literario. Sabemos que la palabra novela cobija la posibilidad de introducir y mezclar todo tipo de textos y datos: la novela es lo amorfo, el reino de lo posible. Caen estrellas fugaces es un ejemplo vivísimo de ello. Estamos ante un texto que permite muchos niveles de lectura: desde el thriller que acaba rozando lo paranormal y la fantasmagoría, nos adentramos en ocasiones en la novela histórica, la costumbrista y la psicológica; rozamos la crónica política y social, avanzamos por el terreno de lo romántico que se oscurece hasta lo pulp y el terror.

Hay que reconocer a los autores un esfuerzo ímprobo de documentación. El Madrid de 1859 está relatado al milímetro, hasta el punto de que lo vemos, y lo vemos también desde la perspectiva actual. En esta línea, me extraña algún elemento puntual como la aparición de la palabra “astracanada”: en principio, esta palabra no existía en 1859 (nació con la comedia de astracán, a principios del siglo XX). Ese pequeño desenfoque nos da la pista de que se narra el Madrid del XIX, pero desde la visión del XXI. Supongo que es voluntad de los autores, pero a veces distancia ese intento de imitar el estilo decimonónico a la vez que permanece el aire de nuestros días. Este esfuerzo de documentación, que ayuda a ver la época, lastra a veces la historia (o el cruce de historias) hasta el punto de convertirse más en un documental que en una obra de ficción. Sin embargo, y tratándose de una obra híbrida, no me parece razón suficiente para dejar de disfrutarla.

El estudio de personajes no se queda atrás. La aplicación de los principios de la frenología proporciona momentos memorables en la narración. La lucha entre ciencia y pseudociencia, entre creencia y escepticismo, encuentra una batalla memorable (e irresoluta) entre los personajes de Elisa Polifeme y Leónidas Luzón: no me refiero a un enfrentamiento puntual, sino a un diálogo, casi platónico, en el que se van desgranando muchas de las ideas que atravesaban el Madrid de 1859. Por otra parte, el acercamiento a la figura de las mujeres (a su anhelo de libertad, a su soledad y aislamiento), las reflexiones sobre el equilibrio personal como fruto de una enorme lucha interna, nos aproximan a un estadio profundísimo en el que lo humano se nos presenta abierto en canal. Traería aquí muchas citas al respecto, pero baste recordar la visión de La melancolía de Durero que se nos ofrece en más de un momento en la narración: el ser humano es un ángel (¿o un diablo?) al que se le ha olvidado volar.

Cabe hablar, también, sobre la manera de estructurar la trama: siete capítulos articulados en microsecuencias que se entrecruzan coronados por un epílogo trepidante. Una apuesta arriesgada, si se tiene en cuenta que los capítulos resultan excesivamente extensos y que el epílogo ofrece un cierre precipitado que no convence… a no ser que estemos a las puertas de futuras entregas.

Todo lo anterior (y otros muchos aspectos que no vamos a dilatar por aquí) está al servicio de un abanico de temas de gran calado: el doppelgänger, el conflicto de la libertad como sinónimo de soledad, la traición, la rebelión… y el mal. Caen estrellas fugaces resulta ser una profunda meditación acerca del mal y sus consecuencias: la mezquindad del poder y el reino del horror. Aún apuntaríamos la importancia del tema de los excluidos del grupo y de los refugiados: por este camino, el arco temático nos conduce de manera directa  a nuestros días.

Podríamos extendernos más, pero es momento de pasar a la lectura: fluida y amena, nos garantiza la inmersión en un mundo que está vivo y respira, se agita, se retuerce, alarga sus manos de días hacia nosotros desde el pasado y nos conduce a lo largo de este viaje entre el cielo y el infierno al ritmo de las estrellas.

EL RITMO DE LAS ESTRELLAS

Luchando contra la mordaza del silencio

RESEÑA SOBRE EL MONARCA DE LAS SOMBRAS,  de JAVIER CERCAS (Literatura Random House)

El monarca de las sombras

Este libro es muchos libros. Por un lado, encontramos un relato de base histórica sobre la figura de Manuel Mena. Por otro, la reflexión sobre si escribir o no ese relato. La lucha contra la mordaza que impone un pasado que de alguna manera se rechaza. La clave: el parentesco entre el autor, Javier Cercas, y el personaje de quien se habla (Manuel Mena). Y la participación de este último en la Guerra Civil desde el bando falangista.

Este libro es muchos libros. Añadamos a lo anterior la reflexión sobre la veracidad de la historia que se transmite. Si tenemos en cuenta que cualquier relato de base histórica arranca de documentos escritos por humanos que pueden equivocarse o manipular lo sucedido, llegamos a la conclusión de que la historia se forma a partir de ciertos errores acumulados y transmitidos. Para ello es importante el recurso de la memoria de quienes vivieron los sucesos (en este caso, la Guerra Civil), y todos sabemos que la memoria falla y a veces hace sus propias selecciones a favor de la supervivencia física y mental.

Pero aún es mucho más. Desde la reflexión sobre qué escribir y cómo, sobre si los temas nos eligen o no, sobre la injusticia de toda guerra, que envuelve en un discurso triunfalista las mentes de los jóvenes que ya no volverán, hasta la meditación sobre el desarraigo del ser humano que debe emigrar de su lugar y de su vida y vivir a la intemperie de otros lugares o de las vidas de otros. Esa indagación, esa óptica a través de la cual el autor se nos muestra y a la vez no se reconoce, es el camino más importante de la obra que tenemos ante nosotros: es una reflexión sobre la muerte y sobre la vida, sobre si hay buena muerte o no, y, sobre todo, una reflexión sobre el silencio impuesto, sobre su mordaza, aquella que nos impide hablar cuando debemos opinar sobre si es mejor llevar una vida larga, de días más o menos iguales, más o menos grises, o si debemos sucumbir al sueño de los héroes y sacrificar nuestra vida en aras de los grandes lemas impuestos por unos cuantos que, en el fondo, siempre acaban por condenarnos al silencio.

Luchando contra la mordaza del silencio

La “perrificación” del mundo

Reseña sobre La perra de tres patas de la señora Petrovna (Ed. Grijalbo)

La perra de tres patas de la señora Petrovna

Un perro es un ser noble que responde a las caricias sin ningún tipo de filtro: no te guarda rencor, aunque a veces tampoco tiene memoria. Vive en presente. Vive en un tiempo detenido. Cuando lees esta novela, el tiempo se detiene. Está poblada por desaparecidos que no siempre regresan, pero te obliga a hacer las paces con el pasado: solo de esta manera puedes vivir en presente, que es el más actual de los tiempos. El único que de verdad existe.

En La perra de tres patas de la señora Petrovna asistimos al funcionamiento de la maquinaria oxidada de la Rusia postsoviética. Vivimos ese momento en el que el Estado deja de ser el padre para ser un padrastro equívoco. El concepto de protección pasa a ser un vacío, una ausencia, que se llena con la tiranía de la costumbre: las cosas se hacen así porque se hicieron así. Si ya no se hacen así, es necesario tener una nueva orden: esperar para siempre a que las cosas se resuelvan o comprar un atajo (con la propia dignidad, ese dinero apenas inexistente en alguno de los personajes) para que el futuro se acerque de alguna manera. De todas formas, esta es una historia de seres que esperan: por eso está poblada de madres y abuelas, de elementos femeninos que protegen como pueden, que son abandonados, pero que finalmente resuelven las historias que se cuecen.

No os voy a dar avances de una trama que se nos presenta muy clara: los mecanismos de la narración se ponen en marcha cuando Galia Petrovna quiere recuperar a su perra de tres patas porque Mitia El Exterminador la ha enviado a la perrera para su sacrificio. Este libro es esto y mucho más. Es mucho más que argumento: es una historia emocionante, divertida y arriesgada que traza una fina línea de evocación por donde se cuelan los sentimientos más difíciles de verbalizar de los personajes. Esta historia, traducida de manera sublime por Sheila Espinosa, es capaz de generar un doble nivel de realidad según el cual leemos lo que sucede y a la vez lo que no sucede: vivimos en ese escenario sutil en el que los personajes mueven la historia y a la vez nos hacen llegar lo que sienten acerca de los acontecimientos con una fina ironía que a veces desemboca en la sátira más salvaje y más gamberra que se pueda esperar.

La perra de tres patas de la señora Petrovna es una obra liviana y a la vez densa: se lee con suma facilidad, con agrado, con sonrisas, con risas. A veces con un punto de nostalgia. En ella se nos plantean conceptos que deben ser redefinidos: por ejemplo, el concepto de ser ruso. ¿En qué consiste ser ruso ahora que la antigua Unión Soviética ha dejado de existir?

La historia de Boroda, la perra de tres patas, sirve como vehículo a una nivelación por arriba entre humanos y perros: vivimos la perrificación del mundo. Este punto implica que la óptica trata a los humanos con sorna y a veces nos acerca a la visión inocente y sencilla de los perros, que solo buscan cariño y hospitalidad. Lo mismo que los humanos arrojados a un mundo inhóspito, un mundo en el que es necesario definir en qué consisten los tiempos “modernos”, en qué consiste ese nuevo mundo en el que todo está cayéndose. Se nos muestra que es necesario ser humilde para aceptar la ayuda que se nos ofrece. En esta historia no hay héroes: solo seres que se ayudan y se piden favores y también descubren que no son lo que creían ser. Seres que se deshacen de sus traumas para poder vivir el presente.

En el doble nivel de realidad que apuntamos arriba, observamos que bajo una anécdota aparentemente simple se teje la necesaria redefinición de una nueva identidad rusa, que es, en definitiva, humana. A lo largo de las páginas de la novela, Andrea Bennett moldea una cálida y viva materia que sustituye a los antiguos esqueletos de la URSS y nos ofrece una historia de amistad y amor: hacia los animales, entre las personas y entre las personas y los animales.

Pero nada es fácil, claro. La vida aparece como un camino lleno de dificultades y contratiempos que culmina y se sigue bien cuando se deja de mirar hacia atrás y se mira adelante.  En ocasiones los personajes (y la perra Boroda) nos sitúan ante interrogantes clave: ¿hay consuelo cuando se ha perdido todo? ¿Se puede perder más aún?

En este caldo de cultivo, las emociones pujan por subir a la superficie de un suelo helado por el sueño de los años de uniformización. Asistimos a la reivindicación del individuo como ser que puede y debe vivir en comunidad, pero no en una comunidad obligada, sino en la escogida: aquella que dibujan el amor, la amistad y la compañía que elegimos.

Esta es una historia de salvación. También nos acerca al valor de la cultura, que da sentido a la vida, y al valor de las emociones, que dan humanidad a los seres que pueblan la faz de la tierra: sin eso, son pellejos vacíos de rostros cadavéricos.

Por supuesto, es inevitable hablar de la podredumbre que está por debajo de la realidad: todo el mundo tiene suciedades que esconder.  En estas páginas también se nos habla de la hipocresía y de los otros como fraude. La autora traza una historia sobre la bondad que yace en el fondo de todo ser humano, incluso del que pueda parecer más abyecto. Asistimos entonces a una búsqueda de la autenticidad que no es una vuelta al origen, sino un sincerarse y seguir adelante con lo que haya.

Por este camino, La perra de tres patas de la señora Petrovna nos ayuda a vivir en un mundo para el que no se tienen instrucciones. Esta es una historia aparentemente pequeña que sirve para hablar de algo más grande: cómo los seres humanos tienen que aprender a vivir de nuevo cuando cambian las reglas del juego.

La “perrificación” del mundo